La operación Furia Épica con que el Presidente Donald Trump llamó a la operación en Irán puede terminar siendo recordada como un “error épico”. No solo por sus consecuencias, sino por los supuestos equivocados que la sostuvieron desde el inicio. El primer error fue de cálculo.
Lo que se proyectó como una “guerra de dos semanas” derivó en un conflicto más prolongado, costoso y complejo. No era inevitable: fue una war of choice, una guerra escogida, no un último recurso. Existían alternativas de negociación diplomática y no había evidencia clara de un ataque inminente ni la presencia de armas nucleares.
Apostar por la fuerza sin agotar la diplomacia era, en sí mismo, un exceso de confianza para un problema que excedía largamente la opción militar. “¿Está Irán más débil o más fuerte? Militarmente golpeado y con una economía asfixiada por sanciones hace años, podría parecer debilitado.
Sin embargo, estratégicamente ha salido fortalecido”. El segundo error fue político-diplomático. La credibilidad de Estados Unidos se erosiona cuando su conducción se percibe como transaccional, maximalista en sus posiciones iniciales y proclive a una lógica de apuesta: primero conversaciones, luego bombas.
Esa inconsistencia no solo dificulta la negociación, sino que instala dudas en adversarios y falta de pertenencia en aliados que ni siquiera fueron consultados en esta acción unilateral. Tercero, la ilusión de un cambio de régimen. Pretender que ataques aéreos podían desestabilizar al gobierno iraní revela una comprensión superficial de su arquitectura de poder.
Lejos de colapsar, el sistema ha demostrado resiliencia. El poder en Irán está institucionalizado, descentralizado y, en momentos críticos, coordinado por actores como la Guardia Revolucionaria, capaces de arbitrar y sostener la toma de decisiones. El cuarto error fue estratégico.
Estados Unidos subestimó la capacidad de Irán para desplazar el centro de gravedad del conflicto desde lo militar hacia lo económico. La regionalización —e incluso globalización— de la crisis ha expuesto vulnerabilidades estructurales, desde el comercio energético hasta la seguridad marítima en el estrecho de Ormuz. Teherán entiende que, en una guerra prolongada, los costos marginales recaen con mayor fuerza sobre Washington.
A seis semanas del conflicto, la pregunta es incómoda: ¿está Irán más débil o más fuerte? Militarmente golpeado y con una economía asfixiada por sanciones hace años, podría parecer debilitado. Sin embargo, estratégicamente ha salido fortalecido.
Ha demostrado capacidad de disuasión y control sobre el estrecho de Ormuz -crítico para el comercio global- alterando el equilibrio regional. Mientras Trump enfrenta una presión clara para desescalar el conflicto, Irán pareciera tener “el sartén por el mango”. El impacto también se extiende a los aliados.
Los países del Golfo, históricamente bajo el paraguas de seguridad estadounidense, han percibido fisuras en esa protección, lo que inevitablemente llevará a replantear alianzas. En paralelo, China y Rusia observan con ventaja una erosión del liderazgo estadounidense. Israel, aunque beneficiado en el corto plazo, enfrenta un entorno regional más volátil y potencialmente más hostil en el mediano plazo.
El daño económico global aún es más cercano a un shock transitorio que a una crisis estructural. Sin embargo, el impacto en expectativas, decisiones de inversión y primas de riesgo ya es evidente. Esta guerra obligará a repensar a mediano plazo conceptos clave como la seguridad energética y marítima.
Pero el mayor costo, silencioso, es otro: Estados Unidos está arriesgando su activo más valioso. Su credibilidad como potencia confiable y referente del orden internacional. Ese, probablemente, es el verdadero error épico.