Cabe, entonces, una advertencia. Una sobrerreacción —por comprensible que sea— puede terminar reforzando la sensación de vivir en una sociedad histérica y peligrosa, donde la única salida es la vigilancia permanente. Y en ese camino, los más pobres corren el riesgo de ser tratados como sospechosos antes que como niños que necesitan ser educados y cuidados.

Se trata, en definitiva, de no perder el horizonte. La seguridad es necesaria. Pero una escuela no puede convertirse en un espacio de control policial sin renunciar a su misión más propia: educar.

Y educar supone algo más difícil, más lento y más decisivo: formar personas capaces de convivir, de respetar y de reconocer al otro como un hermano.