En Chile, hay más de 2. 5 millones de personas esperando por una atención en salud de tipo No GES, de ellas más 541 mil son odontológicas. Esta cifra no solo es un dato estadístico, sino la realidad diaria de adultos que comen con dificultad o dolor que nadie pudo tratar oportunamente, o que, habiendo perdido dientes, requieren una rehabilitación.

De junio 2024 al mismo periodo del 2025, esta lista aumentó de casi 491 mil a más de 541 mil personas en espera, lo que implicaría un aumento de un 10,3%, y si bien el Gobierno anunció en septiembre pasado un paquete extraordinario de recursos para reducir las listas de espera, apenas un 2% fue destinado a odontología. De alguna manera, y pese a que a representan más del 20% de esa lista de espera, estas personas deben seguir al final de la fila. Se han publicado numerosos artículos y cartas al director en diversos medios en donde han manifestado la magnitud y las causas que explicarían este problema en concreto en nuestro país.

Sin embargo, cabe mencionar que estas enfermedades y sus consecuencias no solo afecta a la calidad de vida de las personas sino también a la economía de los países. El impacto económico mundial de las enfermedades orales en 2019 fue estimado en US$710 mil millones, de los cuales US$387 mil millones correspondieron a costos directos de tratamiento y US$323 mil millones a pérdidas de productividad, entre ellas por ausentismo. Esto porque una mala salud bucal se relaciona en el desempeño laboral como falta de concentración, menor rendimiento, alteraciones del sueño, dificultades de comunicación y dolor que interfiere con la capacidad de trabajar.

En nuestro país, la población adulta concentra la mayor carga acumulada de daño bucal y, a diferencia de otros grupos etarios, no solo carece de cobertura odontológica garantizada no antes de los 60 años, sino también de acceso a programas preventivos. Este grupo representa, al mismo tiempo, la principal fuerza laboral del país. Por ello, por cada atención postergada no solo agrava su pronóstico clínico, que indirectamente no solo afectaría al empleo y productividad sino también en los ingresos y economía familiar, intensificando las desigualdades ya existentes.

El modelo curativo, aquel que trata la enfermedad y sus consecuencias, produce más demanda de la que nuestro actual Sistema de Salud puede resolver; sin embargo, los programas preventivos existentes, como Sembrando Sonrisas, el programa CERO por nombrar con los dedos de una mano; están acotados a un grupo etario específico y subfinanciados a voluntad de quienes toman decisiones presupuestarias. El diagnóstico es conocido y lapidario. El Estado llega tarde y gasta mucho.

Pero detener este análisis ahí equivale a tratar los anecdóticamente los síntomas y evadir la causa. En este debate falta precisar lo que ocurre, la salud bucal en Chile no es simplemente un descuido de las personas, sino el reflejo de la estratificación social de la desigualdad a la atención oportuna. La última Encuesta Nacional de Salud indica que gran parte de la población adulta acumula una historia de caries o enfermedad periodontal.

Pero esa carga de enfermedad no se distribuye al azar. Se concentra en quienes viven en comunas pobres, en quienes trabajan en jornadas que no dan tiempo para ir al dentista, o en quienes no tienen cobertura financiera en nuestro Sistema como sí ocurre con otras patologías crónicas. Esta desigualdad a una atención oportuna en salud bucal no es una falla del mercado, porque funciona exactamente como fue diseñado, sino uno estructural ya que afecta más precisamente a quienes cuentan con menos recursos para enfrentarlo, perpetuando su condición.

Llamar a esto ineficiencia sería demasiado benévolo. Más bien, es una injusticia. Y esta injusticia sanitaria evidencia que estas diferencias en salud son evitables y asociadas a una posición social que no son disparidades.

Margaret Whitehead lo estableció hace treinta años y la Comisión sobre Determinantes Sociales de la OMS lo ratificó posteriormente en el año 2008. Hablamos entonces de inequidades. Una boca con caries no tratada no es por mala suerte individual o un problema heredado.

Es el resultado de décadas de política pública que relegó la salud oral a una mirada estética no funcional, en la que la boca o los dientes son considerados como un accesorio cosmético. Esta forma de abordar la salud bucal la excluyó por mucho tiempo del debate sobre cobertura universal y la dejó en manos de un mercado privado inaccesible para la mayoría; quedando al olvido lo que nunca dejó de ser, un derecho inalienable. El Sistema trata la salud bucal como un bien de consumo diferible, siendo que en realidad es una condición indispensable y fundamental para el bienestar, de la capacidad de trabajar, de comunicarse, a no vivir con dolor crónico o problemas funcionales.

Cuando una persona llega al servicio de urgencias con una infección de origen dental porque no tuvo acceso a un odontólogo a tiempo, no estamos ante un fracaso en la distribución y priorización de recursos. Estamos ante un fracaso ético y de responsabilidad de cuidado por parte del Estado para permitir el desarrollo de capacidades potenciales de las personas, y por ende, del país. Ante este dilema, es imperativo dejar de insistir en focalizar los esfuerzos en la enfermedad una vez instalada, sino anticiparnos a ella o al menos intervenirlas oportunamente.

Esta propuesta de cambio requiere de ajustes estratégicos y simultáneos para detener el aumento sostenido de personas esperando una atención, y por ende, los costos. Por un lado, potenciar lo que ya funciona y extenderlo a más grupos etarios o poblacionales, con financiamiento adecuado de los programas preventivos existentes. Y por otro, atacar “las causas de las causas” como afirmaría sir Michael Marmot, y si bien ya hay avances en los mediadores comerciales de la enfermedad bucal, en particular el azúcar, alimentos ultraprocesados o tabaco; de igual manera se debe avanzar hacia la integración efectiva de la salud bucal en otros programas de atención de enfermedades crónicas no transmisibles y que se relacionan con el estado de salud bucal como son las de tipo metabólicas como la diabetes; las cardiovasculares, las oncológicas o incluso las de salud mental.

Existe evidencia suficiente que lo justifica. Lo que queda pendiente, como tantas veces en salud pública, es actuar como si de verdad lo supiéramos. Ese dolor de muelas es lo que más nos recuerda que tenemos cuerpo.

Sobre todo cuando se hace insoportable. Quizás ese medio millón chilenos esperando una hora con el odontólogo no es un mero indicador de gestión. Es la creciente demanda de lo que nuestra sociedad considera prescindible para la construcción de políticas públicas efectivas y que favorezcan su desarrollo y bienestar.

Si queremos cambiar esta realidad injusta para muchos, debemos empezar a considerar hacer las cosas de otra manera y valorar la atención preventiva en salud bucal. No tan solo por el ahorro que genera al Sistema de Salud, sino los potenciales oportunidades y desarrollo de capacidades para las personas en todo su ciclo de vida.