La irrupción de la inteligencia artificial ha abierto una puerta inédita. Hoy, cualquier persona puede acceder a herramientas que amplían significativamente sus capacidades, como redactar textos, analizar información, generar imágenes, automatizar tareas, entre muchas otras. Esta democratización es, sin duda, una de las grandes virtudes de la IA.

Sin embargo, junto con este avance ha emergido un fenómeno que vale la pena observar, esto es, la rápida autopercepción de experticia. Cuando alguien descubre que puede hacer más, en menos tiempo y con mejores resultados, es natural que sienta que ha alcanzado un dominio relevante. La experiencia inicial con estas herramientas puede ser tan potente que genera una sensación de control más amplia de lo que realmente se posee.

El punto no es deslegitimar ese entusiasmo, sino ponerlo en perspectiva. Usar IA de manera eficiente no es lo mismo que comprenderla en profundidad. Existe una diferencia relevante entre interactuar con sistemas ya diseñados y desarrollar, entrenar o evaluar modelos, ya que estas últimas tareas requieren formación técnica y conocimientos en programación, estadística y otros ámbitos especializados.

De hecho, estudios recientes desarrollados por universidades en Chile muestran que, aunque la adopción de la IA se ha masificado rápidamente, su uso sigue siendo mayoritariamente básico. En esta línea, la Política Nacional de Inteligencia Artificial del Ministerio de Ciencia enfatiza la necesidad de fortalecer las capacidades digitales y la comprensión de estas tecnologías, reconociendo brechas en su uso y en los niveles de conocimiento en la ciudadanía. Hoy es frecuente encontrar a profesionales de distintos ámbitos que se presentan como “expertos en IA”, cuando en realidad muchas veces se trata de usuarios que se encuentran en etapas iniciales o intermedias de uso, más propias de un dominio funcional que de una comprensión profunda.

Quizás el desafío es encauzar ese entusiasmo. Reconocer en qué nivel estamos no limita, sino que permite avanzar con mayor claridad. La IA ofrece un campo enorme de posibilidades, pero también exige responsabilidad en cómo nos posicionamos frente a ella.

Porque, más que auto percibirse o declararse experto, lo verdaderamente relevante es seguir aprendiendo y mantener los pies en la tierra respecto de lo que sabemos… y, sobre todo, de lo que aún nos falta por comprender.