La discusión sobre el rol de las empresas suele quedar atrapada entre dos extremos. Por un lado, el lenguaje de la sostenibilidad, la diversidad, la inclusión, la RSE y el ESG, que durante años dominó memorias, reportes y juntas de accionistas. Por otro, una reacción global antiwoke y anti-ESG –muy visible en Estados Unidos– que acusa a las empresas de haberse alejado demasiado de su negocio principal.

Pero la conversación con Francisca Martin, gerenta general de Fundación Generación Empresarial, lleva el debate a un terreno más concreto: no se trata solo de lo que las empresas declaran, sino de cómo se comportan todos los días. “La cultura de integridad ya no es solo un tema de cuidado reputacional: es una variable de gestión”, dice Martin en este capítulo de La Mesa. Su punto es que la ética dejó de ser un adorno corporativo o una página en la memoria anual.

Hoy impacta en la confianza, en la retención de talento, en la calidad del liderazgo y en la sostenibilidad real del negocio. El punto de partida es el Barómetro de Valores e Integridad Organizacional de FGE, una medición voluntaria respondida este año por 41. 529 trabajadores de 159 organizaciones, entre ellas, 11 empresas IPSA.

Martin las llama “empresas valientes”: compañías dispuestas a preguntar, escuchar y hacerse cargo de lo que sus propios colaboradores ven dentro de la organización. El resultado tiene luces y sombras. Mejora la percepción de que directores y gerentes dan el ejemplo, sube la confianza en los canales de denuncia y más trabajadores conocen los protocolos internos.

Pero también aparecen señales incómodas: el abuso de poder sigue siendo la mala práctica más observada, y aumentan el acoso laboral y las irregularidades en contrataciones y despidos. La diferencia entre tener reglas y vivirlas. “Tener un código de ética es la base mínima.

Es como rayar la cancha, definir cómo se juega el partido. Pero de ahí viene mucho trabajo por hacer”, advierte Martin. Para ella, la clave no está en el manual, sino en el ejemplo de los líderes.

“Hay una correlación directa entre cómo actúan los directivos y la alta dirección, y todo lo demás que pasa en la organización. Ahí está toda la clave: si dan o no el ejemplo”, señala. Martin también aborda un dilema muy real en las empresas: qué hacer con ejecutivos que generan buenos números, pero dañan la cultura.

Su respuesta es directa: “Las decisiones difíciles se tienen que tomar antes de que existan las crisis. Esas personas que hoy traen negocios y plata a la empresa, en algún minuto pueden hacer explotar la bomba”. El capítulo también pone sobre la mesa el rol más amplio de la empresa en una sociedad donde la confianza en instituciones, política, medios y élites está desgastada.

Para Martin, las empresas ya no son solo espacios productivos. Son lugares donde las personas construyen vínculos, sentido y pertenencia. “Las empresas terminan siendo mucho más que solamente el lugar para trabajar: son espacios donde las personas pueden sentir que tienen un sentido de vida”, afirma.