Es entendible que existan actores que no estén de acuerdo. Las OTIC, OTEC y muchas organizaciones han construido un negocio alrededor de este sistema. Y no digo que todo sea malo.

Hay programas buenos, equipos serios y experiencias que sí generan valor. Pero también hay un negocio de escala detrás: más cursos, más usuarios, más certificados. Y cuando el incentivo está puesto ahí, es muy difícil que el sistema se obsesione por lo que realmente importa: si la persona aprendió y si ese aprendizaje se nota en su desempeño.

Más que ver este momento solo como el fin de un sistema tal vez es necesario verlo como una oportunidad. Sin saber definitivamente cómo quedar la ley, lo cierto es que las empresas van a tener que invertir de su propio bolsillo en capacitación, probablemente van a exigir algo distinto. Van a querer evidencia, impacto y saber si lo que están financiando realmente mejora capacidades, desempeño y resultados.

Y eso, sí es una buena noticia, porque las empresas no van a dejar de capacitar. La necesidad de desarrollar talento no desaparece. Al contrario, se vuelve más urgente.

Lo que sí debería cambiar es la forma. Al final, esto no se trata solo de Sence. Se trata de algo mucho más importante: cómo ayudamos a que las personas desarrollen las habilidades que necesitan para trabajar mejor, decidir mejor y adaptarse a un mundo que cambia todos los días.

Porque aprender, de verdad, debería notarse.