El antecedente estudiantil y la falta de muñeca política Lincolao ya venía bajo observación desde el incidente en la Universidad Austral, asociado a protestas estudiantiles. Ese episodio fue importante porque mostró temprano una dificultad para leer espacios sensibles: universidades, ciencia, juventudes movilizadas y comunidades académicas. En una cartera como Ciencia, la legitimidad no se construye solo con currículum ni con discursos de innovación.

Se construye con diálogo, respeto por las comunidades y comprensión del ecosistema público que se administra. Sin eso, la técnica se vuelve fría, vertical y torpe. El relato técnico de Kast empieza a hacer agua La crisis en Ciencia golpea al gobierno justo donde más quería lucirse.

Kast vendió la idea de que su gabinete técnico venía a ordenar el país, a gestionar mejor y a reemplazar la política por eficiencia. Pero el caso Lincolao muestra el reverso de esa promesa: una autoridad con alto perfil técnico puede convertirse rápidamente en un problema político si no entiende las reglas del Estado. Sociedades omitidas, explicaciones incompletas, “pantallazos” que no llegan, renuncia del subsecretario, denuncias de despidos masivos y tensión interna.

Todo en una cartera que debería representar futuro, conocimiento y capacidad pública. Ese es el golpe mayor para La Moneda. Lincolao no se está complicando en cualquier ministerio.

Se está complicando en Ciencia, el lugar donde el gobierno pretendía exhibir modernidad, excelencia y gestión profesional. Pero la modernidad sin transparencia es opacidad; la rapidez sin diálogo es imposición; y la eficiencia sin derechos termina pareciéndose demasiado a recorte. Gobernar no es manejar una empresa.

Y el gobierno de Kast parece estar aprendiendo esa lección a punta de crisis. Porque cuando se confunde currículum con conducción, velocidad con eficacia y empresa con Estado, el resultado no es buena gestión: es desorden político con traje técnico.