“Gobierno sin relato”, dijo Longueira. No es la primera vez: lo dijo en los días de Piñera 1. La frase vuelve como eco incómodo, porque nombra algo más que un defecto comunicacional: señala una carencia de orientación.

Piñera 1 y 2 fracasaron por carecer de una narración capaz de alojar la economía y la gestión en la experiencia viva del país. A las demandas por educación respondían con indicadores; a las exigencias de legitimidad, con balances. Pero -¿habrá que repetirlo?

- los pueblos no se conducen con hojas de cálculo. A estas alturas, la falta de relato no es patrimonio de la derecha. La izquierda también se ha vaciado.

Boric ha terminado refugiado en preocupaciones de pequeño burgués: la casa propia, la familia, la guagua, el orden doméstico. El PC persevera, rígido, en su leninismo sin mundo, mientras el ala más oscura del oficialismo —Atria y sus mancebos— insiste en demonizar el mercado e imaginar una deliberación intrínsecamente virtuosa (que excluya al “inaceptable”, eso sí). El resultado es un agotamiento de meras tácticas vacías.

Ahora gobierna la derecha y el problema llega a ella. Y nuevamente no hay conducción, sino administración, a veces ni siquiera. Quizás me equivoque y el plan exista y esté “en desarrollo”.

Es altamente probable, sin embargo, que nos hallemos simplemente en la pampa: sin rumbo, expuestos a los vientos de una década que ya ha mostrado su dureza. En ese caso, conviene prepararse para años ásperos. La situación puede ser encarnada en dos pares de nombres.

Valenzuela y Sedini revelan un binomio confuso: el varón de “segundo piso”, que debiera pensar y contemplar; y la vocería, que debiese articular y persuadir, parecen haberse reducido. El primero parece activismo y la segunda, locutora. Lo que no se nota es pensamiento y visión nacional.

Sin pensamiento político en el núcleo, uno que comprenda la doble crisis, de legitimidad y de productividad, que arrastramos desde 2010 (como lo explicamos en este libro descargable sobre la crisis), y sin una voz capaz de disputar el sentido en el espacio público, con capacidades retóricas e intelectuales poderosas, el gobierno se reduce a ruido. En ese ruido, el fusible será Kast, y la agenda se volverá anécdota. Sin embargo, hay otro par de nombres, que podrían quebrar la inercia.

Poduje y de Grange. No como ideólogos, sino en la realidad, pero con visión de Estado. El primero tiene una tarea elemental y decisiva: devolver a cada barrio lo básico —seguridad, salud, áreas verdes, vecindad—, aquello sin lo cual no hay vida digna.

De Grange llega a transportes con la experiencia del Metro, una empresa pública de rieles, que sí encarna un relato y un mito: el mito de las líneas férreas, de un país que se conecta y se une física, efectiva, no sólo virtualmente. Ambos podrían ser arietes en un tablero trabado. No con discursos grandilocuentes, sino con obras como palabras y símbolos, que reconfiguren el espacio y el tiempo de la vida común.

La Nación no es patriotería. Necesita más que banderitas, incluso más que el crecimiento de una economía simplona o derechos abstractos: necesita volver a habitarse con una política telúrica, del paisaje, de la tierra y del entorno, que comprenda que el país no es una abstracción, sino un cuerpo extendido: el taco interminable, la plaza tomada por la droga, el tren que no llega, la distancia inalcanzable, el desierto que avanza, el sur tomado por extranjeros. Ahí se juega el relato que crea la nueva realidad.

No en nudas palabras; también en palabras, pero en palabras capaces de producir mundo. Un mundo que hoy está al borde de la extenuación.