De esta forma, Habermas fue un antídoto contra ciertas tentaciones antiliberales muy presentes en los jóvenes estudiantiles que hace poco gobernaban el país. Este nunca confundió democracia con aclamación y nunca creyó que “el pueblo” pudiera expresarse de forma pura, inmediata en la calle y sin mediaciones institucionales o formales. Desconfiaba, con razón, de la retórica que desprecia tribunales, parlamentos, procedimientos y garantías en nombre de una supuesta autenticidad popular.

Entonces, Habermas habría estado horrorizado por todo lo acontecido en el turbulento y delirante período que sufrió Chile entre el 2019-2022. Su enseñanza aquí sigue siendo central: no hay soberanía popular digna de ese nombre sin derechos fundamentales y de procedimientos formales, y no hay derechos fundamentales plenamente legítimos si no pueden verse como producto de una voluntad democrática orientada de forma racional. En síntesis, con su muerte termina algo más que una obra.

Termina la presencia física de un tipo de intelectual que hoy escasea: uno capaz de combinar rigor teórico, responsabilidad histórica y coraje cívico. Habermas no fue infalible y su trabajo está lleno de tensiones y problemas, y algunas de sus intervenciones provocaron fuertes controversias. Pero incluso allí dejó una lección: la democracia madura no se define por unanimidades cómodas o por aplausos vacíos, sino por desacuerdos tramitados con argumentos racionales y por la deliberación entre polos opuestos, en vez de por el buenismo moralizante o la obsesión de constatar pureza a tu bando.

Tal vez esa sea su herencia final y su gran mensaje para la izquierda saliente y la derecha entrante en el poder: en una época que sospecha de la razón, de la deliberación, del dialogo y de los argumentos ponderados, Habermas insistió en salvar no la razón dominadora, sino la razón compartida. No la razón que manda y grita más fuerte en las protestas o en las redes sociales, no la que aplasta diferencias, sino la que permite convivir con ellas sin renunciar a la verdad ni a la justicia. El mundo pierde a uno de sus últimos grandes filósofos, pero sus preguntas siguen intactas: ¿queremos una política hecha de fuerza, o una política digna de ser discutida por ciudadanos ponderados?

¿queremos cancelar y funar a los que piensan distinto o queremos convencerlos con argumentos coherentes y con evidencia? Sobre dichas preguntas, después de Habermas, todavía nos jugamos casi todo.