Las declaraciones de la diputada comunista Lorena Pizarro, quien llamó a «organizarse» y «movilizarse» frente a proyectos impulsados por el Gobierno, abrieron un nuevo foco de tensión política luego que el Presidente José Antonio Kast acusara al Partido Comunista de «agitar las calles». Cuando el Gobierno habla de «agitar las calles», ¿hay temor real a un nuevo estallido social o también existe utilización política de ese miedo? — Yo creo que existe el miedo.
Existe el miedo de que pueda haber algún estallido, porque ya vimos cómo reacciona la izquierda radical, como ocurrió durante el gobierno del Presidente Piñera. ¿Entonces el oficialismo sí cree posible otro escenario como el de 2019? — Hay preocupación, evidentemente.
Porque cuando ciertos sectores llaman a movilizarse, muchas veces eso termina derivando en violencia. El Presidente Kast acusó al PC de «agitar las calles» tras el llamado de Lorena Pizarro. ¿Dónde ponen ustedes la línea entre una movilización legítima y una amenaza al orden público?
— Nosotros no estamos en contra de la manifestación legítima. Sabemos que es un derecho ciudadano. El problema es cuando partidos políticos llaman estratégicamente a movilizarse para ejercer presión sobre un gobierno democráticamente electo.
Kast respaldó movilizaciones de camioneros en 2020 y Republicanos llamó a movilizarse durante el proceso constitucional. ¿Por qué hoy la movilización pasa a interpretarse como desestabilización? — Porque nosotros respaldábamos dolores reales de la ciudadanía, como la inseguridad o la crisis económica.
Distinto es cuando desde partidos políticos se busca instalar presión callejera. Usted dice que el problema es el historial del PC y el Frente Amplio. Más allá de eso, ¿hay algún antecedente concreto que vincule directamente estos llamados con hechos violentos?
— Uno mira el historial. Cada vez que hacen llamados de este tipo terminan ocurriendo enfrentamientos con Carabineros. Pero eso sigue siendo más una interpretación política que una prueba concreta.
— Bueno, la percepción ciudadana también se construye sobre hechos que ya ocurrieron. Si el historial fuera distinto, probablemente la reacción sería distinta. Si la derecha hiciera un llamado a movilizarse y eso terminara en violencia, ¿también existiría responsabilidad política?
— Efectivamente. Uno no puede tener doble estándar respecto a esto. El Partido Republicano suele hablar de defender la institucionalidad y la democracia, pero también existen dirigentes que han reivindicado aspectos del régimen militar.
José Antonio Kast votó «Sí» en 1988 y Luis Silva, hoy subsecretario de Justicia, habló de Pinochet como un «estadista». ¿No cree que eso debilita la autoridad moral del sector cuando acusa a otros de amenazar la democracia? — Nosotros somos un partido que nace en democracia.
Nunca hemos relativizado las violaciones a los derechos humanos. Lo que sí apoyamos fueron ciertas políticas públicas que ayudaron a levantar el país. Pero Kast declaró públicamente que votó «Sí» en el plebiscito del 88 y dijo no arrepentirse.
— Él defendía políticas públicas, no violaciones a los derechos humanos. En ese tiempo existía también el temor de que sectores de extrema izquierda retomaran poder. Hay que entender el contexto histórico.
Desde el oficialismo se habla de «boicot», «sabotaje» y «agitación» frente a críticas o movilizaciones. ¿No teme que el Gobierno termine viendo cualquier oposición fuerte como una amenaza? — No.
Si las críticas vienen acompañadas de respaldo técnico o argumentativo, el debate democrático es sano. Lo que criticamos es cuando se instala propaganda diciendo que este gobierno solo gobierna para los ricos o que todo proyecto es una amenaza para las personas. Pero organismos como la Comisión Financiera Autónoma y la Corte Suprema sí hicieron observaciones técnicas importantes al proyecto económico del Gobierno.
— Claro, y esas observaciones tienen que revisarse. Nadie cuestiona eso. Una cosa es recibir observaciones técnicas y otra distinta es instalar una narrativa política de que todo esto es solo para beneficiar a unos pocos.