El día acordado llegó Tino al mediodía y nos fuimos en la micro de las 4 de la tarde arribando ya bien avanzada la noche a la casa de mi abuela Aída. No había nadie en la cocina; solo el fogón y su resplandor y un par de perros en su orilla. Tino caminó hasta el dormitorio y mi abuela que estaba acostada le dijo que todos se habían ido a la fiesta.
Tino se fue adelante por un sendero oscuro y en algunas partes nos dábamos la mano, nos abrazábamos y nos deseábamos “feliz cumpleaños” para llegar preparados a la fiesta. Una vez que llegamos al lugar ninguno de los dos recordó lo ensayado porque había mucha gente afuera y dentro de la casa; los de afuera tenían fogones, mesas y botellas de chicha de manzana, y los que estaban dentro de la casa estaban bailando al ritmo de guarachas campesinas y cuecas. A mi me pasaron a una mesa y me sirvieron un platón con carne y un jarro con vino tinto.
Luego de eso Temo me trajo una guitarra campesina que sonaba como una lira celestial; la pulsé un poco, luego la afiné a mi gusto y me largué con una guaracha. Que buena estuvo la fiesta. Tal como acordamos Tino vino a dejarme a la casa.
En el 21 enero de 1977 mi papá me mandó a la casa de mi abuela Aída a decirle a mi mamá que ya era tiempo que regresara porque hacía algunas semanas que estaba allá. Cuando llegué Temo se alegró mucho porque se le ocurrió que los acompañara a Huilquehue ya que estaban invitados a un partido de fútbol; primero le dije que no, pero al fin accedí de acompañarlos. El sábado 22 de enero de 1977 por la mañana nos reunimos en las afueras de la Escuela Las Tres Marías y casi en el mismo lugar entramos por un sendero montaña abajo “por entre piedras y cerros”, avellanos, ulmos, tepas y boldos con esos olores que nunca he olvidado.
Luego de un par de horas por aquel sendero se abrió como un escenario la vista de un valle realmente hermoso como no he vuelto a ver nunca más. El que fungía como entrenador me puso en el medio campo donde no vi “ni una”; no quiso ponerme de arquero que era mi puesto. Me sacó al primer tiempo.
Luego de los dos partidos pasamos a la atención; es decir a la mesa que en los campos es de otra galaxia. Después de gritar los: “muchas gracias... por quién...
por las cocineras” pasamos al guitarreo donde por supuesto me pasaron una guitarra. Yo llevaba una cartita bajo la manga pues por esos días a través de Radio Colo-Colo estaba sonando fuerte por Lindomar Castilho “camas separadas” que fue un exitazo en el lugar porque solamente la habían escuchado por la radio. Nos regresamos a El Porvenir y el domingo 23 de enero regresé a Cañete...
mi mamá y mis hermanas quedaron allá. Mi tía Rosa Fernández Olave se casó como a los 19 años con el joven vecino Julio Peña Salamanca quienes se fueron a vivir a Lebu donde hicieron su vida y por quienes siento mucho cariño. Que el Señor bendiga a toda la familia Fernández- Olave por siempre.