Estados Unidos mantiene presencia militar permanente en distintos puntos de América Latina mediante acuerdos de seguridad, cooperación militar y bases estratégicas. A eso se suma el creciente rol de Israel como proveedor de tecnología de vigilancia, software de espionaje y sistemas de control utilizados por gobiernos y fuerzas de seguridad de la región. Muchas de esas tecnologías, probadas previamente sobre población palestina, terminan siendo exportadas a América Latina bajo el argumento del combate al narcotráfico o la seguridad interior.
La lógica es conocida: primero se construye el enemigo interno, luego se instala el caos, la desinformación o la crisis institucional y finalmente aparecen las “soluciones excepcionales”. América Latina conoce demasiado bien ese libreto. Por eso Honduras-gate no es solo una polémica pasajera.
Es una señal de alerta para toda la región. Porque detrás de cada operación mediática, de cada campaña de desinformación y de cada intento de desestabilización sigue existiendo una vieja disputa histórica: la pelea entre quienes quieren una América Latina subordinada al capital transnacional y quienes defienden el derecho de los pueblos a construir un destino soberano, democrático y justo.