El Estrecho de Magallanes se desarrolla por casi 600 kilómetros en una latitud que, en el hemisferio norte, corresponde al canal de la Mancha (que separa a Francia de Inglaterra). Sus aguas no se congelan ni, en ninguna época del año, en su recorrido hay hielo flotante. La idea de que se trata de un estrecho peligroso en el fin del mundo (equivalente a la ruta del cabo de Hornos en primavera o verano) no es más que un estereotipo resultante del desconocimiento de sus aguas.
Quienes sí han descubierto la importancia del estrecho son los exportadores e importadores del Brasil, Argentina, China, Japón, Corea del Sur y Taiwan. Estos son los principales usuarios de nuestro estrecho. Para comprender está afirmación conviene, por ejemplo, señalar que, si en precios FOB en dólares el año 2000 las exportaciones agrícolas del Brasil y Argentina correspondían a 10,9 billones y 12,8 billones respectivamente, en 2024 tales montos habían ascendido a 34,8 (Argentina) y 144,4 billones (Brasil).
Según datos de la OMC, más del 80% de estas exportaciones atlánticas se despachan a mercados del Pacífico Noroeste. Ocurre que, en la geografía, cualquier puerto Mercosur al sur de Rio de Janeiro está más cerca de California, Tokio o Tianjin vía el estrecho de Magallanes que vía Panamá. Las diferencias en días en la mar, consumo de combustibles, emisiones CO2, charters, seguros, etc.
tienen carácter de ahorros de escala en favor de nuestro estrecho. ¿Se entiende entonces el interés de esos países (y también de Estados Unidos) en el estrecho de Magallanes? Pretensiones argentinas Toda vez que el Estrecho de Magallanes tiene importancia creciente para el comercio exterior argentino con el Asia-Pacífico, las aspiraciones de ese país por co-gobernarlo son cada vez más evidentes.
Ese es el contexto geopolítico en el que deben encuadrarse las declaraciones de un almirante argentino que, “sin querer queriendo”, mencionó la Boca Oriental argentina del Estrecho de Magallanes. Lee también... Aclaraciones sobre el (muy chileno) Estrecho de Magallanes Miércoles 15 Abril, 2026 | 15:34 El tema no es nuevo, pues se remonta a las interpretaciones argentinas de lo dispuesto por el Tratado de Límites de 1881, que, entre otras novedades, incluían el cuestionamiento del trazado del canal Beagle.
En el Tratado de 1984, Chile insistió en incluir un artículo para reafirmar la chilenidad del estrecho, agregando que, en este ámbito, lo único que le compete a Argentina es no dificultar el ingreso o salida del estrecho, sin importar la bandera del buque (por ejemplo, la bandera de las islas Falkland). ¿Por qué? Porque a insistencia de Argentina en el Estrecho de Magallanes no solo rige el principio de libre navegación, sino también el de neutralidad permanente.
Habida cuenta de la importancia del asunto, en 1997, cuando Chile ratificó la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (Convemar), el país hizo una declaración recordando, precisamente, que conforme con los tratados de 1881 y 1984, Argentina está obligada a respetar la neutralidad y el libre tránsito en el Estrecho de Magallanes. Esto último es lo que parece cuestionar la nueva reinterpretación argentina que afirma la existencia de cierta boca oriental de la cual es ribereña y, por lo tanto, sobre la cual le asisten los derechos soberanos. Eso, en el contexto de un concepto geográfico y político que considera que el triángulo que incluye a las costas de la Patagonia y la Tierra del Fuego con las islas Falkland-Malvinas constituye un solo espacio de influencia argentina.
La Boca Oriental argentina del estrecho de Magallanes no existe. Lo que ese país considera parte del estrecho no es sino Mar Territorial y Zona Contigua sometidas, como queda dicho, a lo dispuesto en los tratados vigentes con Chile. Full stop.
Aun así, estamos en presencia de una nueva ficción geopolítica equivalente al principio bioceánico, que desde su interpretación de institución de la plataforma continental extendida de la Convemar, Argentina pretende instrumentalizar para imponer la división automática entre el Pacífico y el Atlántico en el meridiano del cabo de Hornos. No es así. Chile, país sin chispeza geopolítica Hasta hace no mucho tiempo la expresión geopolítica causaba malestar e incomodidad.
Se entendía que aludía a una manera de mirar el mundo desde la perspectiva del gobierno militar, es decir, per se, una interpretación contraria y desapegada de la realidad post Guerra Fría, es decir, aquella del mundo globalizado gobernado por el multilateralismo. No solo la acumulación de conflictos regionales, abiertos y potenciales, sino que la confrontación estratégica catalizada por la invasión de Crimea y Ucrania (para reservar a Rusia el estatus de gran potencia) y la consolidación de China como potencia económica y tecnológica, han devuelto la geopolítica su importancia en tanto método de análisis para identificar intereses mezquinos y comprender el comportamiento de ciertos actores del sistema internacional (política de poder, por ejemplo, Israel sobre Gaza, el West Bank, El Líbano, Siria e Irán). Lee también...
El desarraigo como eje en la política austral Viernes 15 Mayo, 2026 | 14:45 Es el regreso de la geopolítica al primer plano lo que -en los hechos- ha relegado al buenismo interesado y al internacionalismo (con la agenda de Naciones Unidas) a segundo y tercer plano. Al respecto -y solo como constatación-, en el conflicto de Ormuz y la actual crisis del petróleo, comenzando por el Consejo de Seguridad, hasta aquí observamos cero aporte de Naciones Unidas. La volatilidad del escenario internacional improntado por políticas de poder y unilateralismo (que no necesariamente son realpolitik) debe convocarnos a prestar mayor atención al valor estratégico de nuestros territorios, por ejemplo, aquella del Estrecho de Magallanes (y Rapa Nui).
Las cifras de exportaciones agrícolas antes citadas sirven para ilustrar que, en lo inmediato, no solo el interés argentino en el estrecho aumentará, sino también, y tan importante como aquello, el interés brasilero. Esto, en la medida que para el comercio exterior (y por extensión del conjunto de sus economías) el Estrecho de Magallanes se consolide como un elemento fundamental de sus respectivas estrategias de desarrollo y política exterior (y políticas de poder). En Chile este tipo de realidades se observan con mucha dificultad.
Quizás llegó el tiempo de mejorar nuestra chispeza geopolítica.