Opinión 12-04-2026 Incertidumbre y humanidad (María de la Luz Reyes Parada, escritora) En tiempos de incertidumbre, solemos refugiarnos en la memoria en busca de certezas. Sin embargo, resulta evidente que hace mucho —muchísimo— no enfrentábamos un escenario tan complejo y profundo como el actual. La incertidumbre no solo atraviesa lo nacional, sino que se expande a múltiples dimensiones: conflictos geopolíticos a escala global, crisis climática y ambiental, inestabilidad económica, avances acelerados en inteligencia artificial, migraciones forzadas, envejecimiento poblacional, transformaciones en la estructura familiar y una creciente sensación de desamparo en una sociedad que cada día suma más personas sin redes de contención.

Este contexto no solo desafía nuestras formas de comprender el presente, sino también nuestras capacidades de adaptación, cuidado colectivo y construcción de sentido frente a un futuro incierto. Podríamos detenernos en señalar responsabilidades o dirigir críticas hacia la clase política; sin embargo, esta reflexión busca ir más allá, hacia la dimensión más profunda y a veces olvidada: la humanidad de cada persona que forma parte de este entramado que llamamos sociedad. Con frecuencia culpamos al sistema como si fuese una entidad ajena, olvidando que el sistema somos nosotros, nuestras decisiones cotidianas, nuestras formas de vincularnos y de habitar el mundo.

Cabe entonces preguntarnos: ¿qué nos mueve realmente? ¿Desde dónde construimos nuestras relaciones? ¿Desde el bien común o desde la urgencia del “yo primero”?

En medio de estas preguntas, es necesario volver la mirada hacia atrás, no con nostalgia paralizante, sino con gratitud activa. Hubo generaciones antes que nosotros que, en contextos también adversos, supieron sostener la vida desde la solidaridad, el trabajo colectivo, la comunidad y el cuidado mutuo. En sus gestos simples —compartir el pan, tender la mano, organizarse en torno a lo común— habita una sabiduría que hoy cobra renovado sentido.

Imposible no recordar cómo las vecinas se cuidaban compartiendo el alimento llegado del campo –vecina, mi mami le manda estas 3 cebollas, mi abuelo vino a vernos y nos trajo cosecha – o el que se preparaba y que era recibido con gracia y regocijo –vecina, mi abuelita le manda estas sopaipillas- entonces después iba la vuelta de mano, ayudando con alimento, alguna ropa o la mano fraterna que sostenía en la necesidad. Esos somos nosotros, hijos y nietos de sobrevivientes de tiempos convulsos, que nos enseñaron a ser solidarios ante la incertidumbre. El desafío no debe ser solo comprender lo que ocurre afuera, sino reconstruir lo que ocurre entre nosotros: volver a mirarnos como parte de un tejido común, reconocer la dignidad en y del otro y recordar que, incluso en la incertidumbre, siempre Sposible elegir caminos más humanos, más solidarios y más conscientes.