El exministro no cree que el proyecto estrella de José Antonio Kast vaya a naufragar de entrada. Al revés. En La Mesa de El Mostrador dice que el Gobierno debiera sortear “con cierta holgura” la idea de legislar.
Pero pone inmediatamente el foco donde, a su juicio, está el verdadero problema: “Después va a venir la discusión de verdad: cómo se financian estos US$ 4. 000 millones que cuesta el proyecto”. Ahí está el nudo.
Porque su diagnóstico no es que todo esté mal. De hecho, concede que hay piezas del plan que apuntan en la dirección correcta, especialmente la rebaja del impuesto corporativo en un país que, dice, necesita volver a crecer, atraer inversión y crear empleo. El problema, en su opinión, es otro: varias de las medidas pueden tener lógica por separado, pero juntas abren un flanco difícil de cerrar.
Lo resume con una frase que marca la entrevista: “Tomar todas estas cosas juntas no cuadra. Habría que hacer un poco de magia”. Su lectura es que La Moneda va a cuidar, por sobre todo, la baja del impuesto a las empresas.
“Si alguien tuviera que elegir la matriz esencial del proyecto, es la baja del impuesto corporativo. Esa es la que el Gobierno va a cuidar como hueso santo”, plantea. Pero agrega que otras piezas sí parecen más transables, desde el nuevo estatuto para inversionistas hasta la exención de contribuciones para mayores de 65 años sin distinguir por valor de la vivienda.
También hay una advertencia política que atraviesa toda la conversación. El exministro cuestiona el tono refundacional del Gobierno. Dice que Chile tiene desafíos importantes, pero no es un país “que haya que reconstruir”.
Y alerta que frases como que “vienen engañando a Chile hace 12 años” no ayudan a construir las mayorías que el propio oficialismo necesita para aprobar una reforma de esta magnitud. Desafíos políticos para el ministro Quiroz: “La conducción económica nunca camina sola: Foxley tuvo a Edgardo Boeninger, Eyzaguirre necesitó a Insulza y Velasco tuvo que entenderse con Edmundo Pérez Yoma. Esa ecuación es inevitable.
” En ese mismo registro, ve en el Gobierno ecos del libreto de Javier Milei: un relato de urgencia, una épica de shock y una comunicación más confrontacional. Pero marca también una diferencia fundamental: Chile no está en una crisis comparable a la argentina. Por eso advierte que importar ese tono puede servir para ordenar a la barra propia, pero no necesariamente para construir gobernabilidad ni acuerdos duraderos en el Congreso.
La entrevista se pone todavía más interesante cuando sale del proyecto de Kast y entra al terreno de la oposición. Ahí deja una de las autocríticas más duras: “Nosotros mismos, como conjunto, no defendimos lo hecho”. Su tesis es que la centroizquierda renunció a defender su legado justo cuando más lo necesitaba, validó parte del discurso de impugnación de los “30 años” y terminó debilitando su propia identidad.
El resultado, sugiere, fue dejar sin voz a una socialdemocracia capaz de disputar el centro y abrirle espacio, primero, al Frente Amplio y, después, a una derecha que hoy se presenta como portadora del cambio.