En La paz perpetua, Kant sostiene que “el derecho de gentes debe fundarse en una federación de Estados libres”. La relevancia de esta afirmación no radica solo en su dimensión cosmopolita, sino en el hecho de que presupone la existencia de comunidades políticas concretas. Kant no propone la disolución de los Estados, sino su articulación bajo principios jurídicos comunes.
De hecho, rechaza la idea de un Estado universal, advirtiendo que podría derivar en “un despotismo sin alma”.