En medio de candidaturas saturadas de gestos complacientes, discursos inflados y una evidente ansiedad por el poder; emergió una propuesta diferente, no tradicional que marcaba el énfasis en la justicia y la transparencia, con mayor participación y más democracia. No provenía de los círculos habituales de influencia ni de pactos convenientes, sino de un grupo de profesores por hora de clases, eternamente excluidos, sin derecho a voz ni voto, que esta vez tomaron la decisión de presentar como candidato a Rector de la Universidad de Santiago de Chile a uno de los suyos, el profesor Bruno Jerardino Wiesenborn, después de constatar que las candidaturas que se perfilaban como posibles, repetirían el patrón histórico de exclusión de otros, profesores de jornada, profesores por hora de clases, funcionarios y estudiantes. Sin embargo, aquella irrupción no fue leída como una legítima alternativa.
Fue percibida como algo no tolerable. Resultaba inaceptable que alguien ajeno a los círculos del poder, sin respaldo de estructuras tradicionales, ni padrinos, pasara a disputar espacios reservados para unos pocos. Más aún cuando su consecuencia y limpia trayectoria, se proyectaba como un cambio profundo, al sistema de gobierno universitario.
La respuesta no tardó en llegar y lo hizo por los caminos menos transparentes. No hubo confrontación de ideas ni debate abierto, sino una maniobra administrativa tan simple como efectiva. En efecto, el jueves 12 de marzo el Colegio Electoral Universitario de la Usach envía la notificación etiquetada “Confirma Candidatura” donde comunica de manera firme e inequívoca “declarar admisible su candidatura”, invitando a participar en el sorteo público del número en que figurará en la papeleta y dando las instrucciones para la elaboración de los pendones informativos.
Pero en menos de 24 horas el mismo órgano colegiado informa que ha retirado dicha autorización argumentado no cumplir completamente el requisito de función directiva. Así, entre formalidades vacías, contradicciones evidentes y silencios estratégicos, la candidatura levantada por la mayoría de los Reclamantes que hicieron posible anular las elecciones de Rector de 2022, más otros académicos de jornada completa, fue descartada sin necesidad de exponerse a una competencia real. Es más, pese a haber solicitado las actas de las sesiones del Colegio Electoral, como así lo indica el reglamento, estas aún siguen misteriosamente sin publicarse.
De este modo quedaron en carrera propuestas que, lejos de inspirar, parecen diseñadas para no incomodar a nadie. Programas previsibles, sin riesgo ni profundidad, que revelan en su propia presentación las limitaciones creativas de quienes los impulsan. Si en periodo de campaña, cuando todo es posible, la imaginación escasea, poco cabe esperar en el ejercicio efectivo del poder.
En contraste, las ideas que defiende la candidatura de Bruno Jerardino Wiesenborn plantea principios que tocan aspectos estructurales del gobierno universitario. Comprende, por ejemplo, que los mecanismos de control deben ser independientes de la autoridad que fiscalizan. También se plantea la necesidad de contar con un mecanismo que permita evaluar la gestión de la autoridad durante el periodo en el cargo.
Todos principios que son el resultado de aquellos que anunciara el ex-Rector de la UTE, Enrique Kirberg en tiempos de la Reforma Universitaria: democratización de la universidad, especial preocupación por la docencia de acuerdo a la realidad nacional y vincular la universidad con el medio social, entre otros. Pero este tipo de propuestas no resulta funcional para quienes han convertido la institución en un espacio de resguardo de intereses propios. En ese contexto, una figura como la de este académico no es bienvenida: debe ser neutralizada.
Y si no existen elementos fríos y objetivos para cuestionarlo se recurre a la descalificación trivial, a la exageración o, simplemente, a la invención. Así, por medio de un burdo guion se intenta reducir esta candidatura a la representación de un grupo marginal, invisibilizando que esta expresa un malestar mucho más amplio: el de quienes han experimentado abusos, exclusiones o indiferencia dentro de la comunidad universitaria. Porque, en el fondo, lo que incomoda no es la persona, sino la posibilidad de que aquello que se promueve deje de ser excepcional y comience a desarrollarse un proceso de auténtica participación democrática y transformación cultural universitaria.
Por Gustavo Castro Zamora Apoderado de la candidatura a Rector de Bruno Jerardino Wiesenborn.