El viejo ocio griego —ese espacio donde los ciudadanos cultivaban reflexión, conversación y vida común— ha sido reemplazado por una especie de utilitarismo ansioso donde incluso el descanso debe justificarse productivamente. Hasta el alma parece tener que rendir indicadores de desempeño. Por supuesto, sería intelectualmente deshonesto no hacer distinciones.
Economistas como Alejandro Foxley, Ricardo Ffrench-Davis, Andrés Sanfuentes, , Carlos Massad, Mario Marcel, Claudio Agostini y muchos más pertenecen a otra tradición: una tradición que entendía que la economía debía dialogar con la sociedad y no administrarla desde arriba sobretdo cuando se navega en un mar proceloso y desafiante. Ellos sabían que detrás de cada cifra había una familia, una deuda, una enfermedad, una angustia concreta. Esos economistas podían equivocarse —y muchas veces se equivocaron, pero siempre mantuvieron su rasgo más distintivo: sentido de realidad humana.
La nueva tecnocracia, en cambio, suele exhibir una convicción bastante más peligrosa: la idea de que el país existe principalmente como un conjunto de variables macroeconómicas que deben mantenerse razonablemente estables mientras las personas aprenden a adaptarse emocionalmente a la precariedad. Y ahí aparece el verdadero drama chileno contemporáneo. Porque el problema de millones de personas ya no es solamente la desigualdad.
Es el agotamiento. Hay un cansancio moral recorriendo Chile. Y los jubilados?
Tal vez ahí se encuentre la forma más cruel de esta decadencia silenciosa. Después se preguntan por qué la rabia chilena parece tan intensa y tan confusa cuando se desata. Pero esa rabia no nace solamente de la pobreza.
Nace, sobre todo, de la humillación. De la sensación de haber hecho todo correctamente y aun así vivir permanentemente al borde de la caída. De escuchar durante décadas sermones sobre modernización mientras la vida cotidiana se vuelve más áspera, más cara y más incierta.
Porque lo que la clase media chilena siente haber perdido no es únicamente seguridad económica. Es horizonte. Y cuando una sociedad pierde horizonte, comienza lentamente a degradarse espiritualmente.
Pero algo empezó a cambiar. La reverencia se va a acabar. Millones de personas comenzaron lentamente a mirar a estos nuevos sacerdotes de la racionalidad económica con los ojos del niño del viejo cuento: ese que descubre, antes que todos los demás, que el rey está desnudo.
Y quizá ésa sea la noticia política más importante de todas. Porque los chilenos no están pidiendo mansiones ni fortunas imposibles. Están pidiendo algo muchísimo más modesto y muchísimo más difícil de reconstruir: estabilidad, respeto, tiempo para vivir, reconocimiento moral al esfuerzo realizado.
Quieren sentir que trabajar honestamente todavía tiene sentido. Y nada menos.