Se suma a todo lo anterior, que el país también dejó de exigir profundidad a sus autoridades. Poco a poco comenzamos a reemplazar líderes políticos por figuras mediáticas; ya no importa tanto la capacidad de gestión, la experiencia o la consistencia, sino la habilidad para viralizar una frase, instalar una polémica o acumular seguidores. La política empezó a llenarse de celebridades digitales disfrazadas de líderes públicos, verdaderas estrellas de redes sociales capaces de dominar la conversación durante horas, pero muchas veces incapaces de explicar cómo implementar aquello que prometen.

Y mientras más emocional es el discurso, menos espacio queda para el análisis serio. Lo llamativo es que gran parte de la ciudadanía no vive esa polarización en su vida cotidiana. La mayoría de los chilenos comparte preocupaciones bastante similares: seguridad, estabilidad económica, acceso digno a salud, oportunidades laborales y un Estado que funcione razonablemente bien.

Pero la discusión pública se desarrolla como si el país estuviera dividido en dos tribus irreconciliables incapaces de coexistir. Algo parecido a esas películas de superhéroes donde ambos bandos creen estar salvando el mundo mientras destruyen la ciudad completa en el proceso y lo llaman daño colateral. Eso quedó especialmente expuesto después del estallido social.

Chile pasó de una crisis institucional a una sobredosis de épica política donde todo parecía ser “histórico”, “refundacional” o “decisivo para el futuro de la democracia”. Sin embargo, mientras crecían los discursos grandilocuentes, disminuía la capacidad de construir acuerdos sostenibles. Los dos procesos constitucionales terminaron reflejando exactamente ese problema: sectores más preocupados de imponer simbólicamente su visión del país que de construir un proyecto capaz de representar a una mayoría amplia y diversa.

Entonces ocurre algo todavía más delicado: el debate público se transforma en una guerra identitaria y el centro político comienza a desaparecer. No porque la ciudadanía moderada deje de existir, sino porque se cansó de participar en una discusión dominada por consignas, caricaturas y trincheras ideológicas. Mucha gente dejó de sentirse representada por una política que parece funcionar más como un reality show permanente que como un espacio serio de conducción nacional.

Eso explica por qué hoy tantas personas observan la política con agotamiento y distancia. No porque hayan dejado de preocuparse por el país, sino porque perciben que la conversación pública se volvió un espacio dominado por frases incendiarias, descalificaciones constantes y conceptos repetidos hasta el cansancio (“libertad”, “dignidad”, “seguridad”, “justicia social”) pero casi nunca acompañados de explicaciones serias sobre cómo transformar esas ideas en políticas públicas sostenibles. Todo parece diseñado para provocar reacciones inmediatas y no para construir soluciones reales.

En medio de ese escenario, los sectores más extremos continúan ofreciendo respuestas simples para problemas profundamente complejos. Algunos creen que basta con endurecer sanciones y aumentar el control para resolver la crisis de seguridad. Otros sostienen que expandir derechos y aumentar el tamaño del Estado solucionará automáticamente desigualdades históricas.

Pero la experiencia reciente demuestra que las soluciones maximalistas suelen generar entusiasmo inicial y frustración posterior, porque inevitablemente terminan chocando con los límites de la realidad. Y es precisamente ahí donde el centro político adquiere importancia. No porque represente una superioridad moral ni porque tenga respuestas perfectas, sino porque obliga a aceptar una verdad incómoda: gobernar implica convivir con la complejidad, implica negociar, priorizar, administrar tensiones y construir acuerdos que puedan sostenerse en el tiempo.

Lee también... La dura prosa del poder: entre la retórica y la gestión Martes 19 Mayo, 2026 | 15:55 Ser de centro no significa carecer de convicciones. Significa entender que la seguridad sin cohesión social genera más fracturas, así como los derechos sociales sin crecimiento económico terminan convirtiéndose en promesas difíciles de financiar.

Significa comprender que Chile necesita reformas profundas, pero también estabilidad institucional; crecimiento económico junto con protección social; autoridad democrática, pero no autoritarismo. Lo lamentable es que esa forma de entender la política rara vez produce gratificación instantánea. Vivimos en un entorno mediático donde la confrontación tiene más visibilidad que la moderación y donde las emociones intensas circulan más rápido que los análisis complejos.

Hoy la política premia más al que golpea más fuerte que al que reflexiona mejor. Y aun así, probablemente el futuro democrático de Chile dependa justamente de recuperar esa capacidad de matizar, dialogar y construir consensos amplios. Porque cuando los sectores moderados desaparecen, el espacio que dejan nunca permanece vacío: es ocupado por posiciones cada vez más emocionales, más radicales y más polarizadas.

Y es ahí donde las democracias comienzan a deteriorarse lentamente, no necesariamente mediante un colapso espectacular, sino a través del desgaste cotidiano, la frustración y la desconexión ciudadana. La paradoja chilena actual es evidente, nunca habíamos tenido tanta información política disponible y, al mismo tiempo, nunca habíamos parecido tan incapaces de escucharnos mutuamente. Todos hablan, pocos intentan comprender; todos reaccionan, casi nadie coordina.

Y un país que pierde la capacidad de coordinar termina atrapado en un ciclo permanente de crisis, indignación y frustración. Quizás por eso, hoy tender hacia el centro político ya no sea una señal de comodidad ni de indefinición. Tal vez sea, simplemente, una necesidad democrática urgente.