Cuando hablamos de educación lúdica, no estamos hablando de jugar en una sala de clases, sino de una metodología de aprendizaje que utiliza el juego, la simulación, los desafíos, las historias y la toma de decisiones para que las personas aprendan desde la experiencia y no solo desde la teoría. Es aprender haciendo, equivocándose, conversando y reflexionando. Y en temas de ética, esto es útil y necesario.

Hoy muchas empresas hablan de ética, de transparencia, de probidad, pero muchas veces estos temas se enseñan como normas que hay que memorizar o documentos que hay que firmar. El problema es que la ética no funciona así, porque no es un manual, es una forma de decisiones todos los días, especialmente cuando nadie está mirando. Desde el mundo de las empresas y del emprendimiento, este tema es cada vez más importante.

Según distintos estudios internacionales sobre gobierno corporativo y sostenibilidad, las empresas con mejores estándares de ética, transparencia y gobernanza tienen mejor desempeño financiero en el largo plazo y menor riesgo reputacional. Es decir, la ética no solo es correcta desde el punto de vista valórico, también es una buena decisión desde el punto de vista económico. En Chile, además, las pymes representan cerca del 98% de las empresas y generan alrededor del 65% del empleo, por lo tanto, cuando hablamos de ética empresarial no estamos hablando solo de grandes compañías, estamos hablando de miles de emprendedores que todos los días toman decisiones como si pagan o no a tiempo, si cumplen o no un contrato, si formalizan o no a sus trabajadores, si hacen o no las cosas bien cuando nadie los está fiscalizando.

Y ahí es donde la educación lúdica puede hacer una gran diferencia, porque enseñar ética a través de casos, simulaciones, juegos de roles o toma de decisiones permite que las personas entiendan las consecuencias reales de sus actos. No es lo mismo leer un código de ética que enfrentarse a un caso donde tienes que decidir si beneficias a un amigo en una licitación, si escondes un error o si dices la verdad aunque tenga un costo. La educación lúdica obliga a las personas a salir del piloto automático, las invita a pensar, a tomar decisiones, a hacerse preguntas, a ponerse en el lugar del otro y eso es, justamente, lo que necesitamos: personas que no funcionen en automático, que no hagan las cosas porque “todos lo hacen”, sino que entiendan el impacto de sus decisiones.

Las empresas compiten por precio o por producto, pero también compiten por confianza. Los inversionistas miran la reputación, los trabajadores quieren empresas con propósito, los clientes prefieren empresas transparentes, por lo tanto, la ética dejó de ser un tema accesorio, hoy es parte de la estrategia y de la sostenibilidad de cualquier organización. Por eso, si queremos mejores empresas, mejores emprendedores y mejores instituciones, tenemos que cambiar la forma en que enseñamos ética.

Se requieren menos manuales y más experiencias, menos discursos y más conversación y, con ello, menos teoría y más decisiones. La ética no se aprende de memoria, se aprende practicando y, en ese sentido, la educación lúdica puede ser una de las herramientas más poderosas para lograrlo, porque obliga a las personas a apagar el piloto automático y hacerse responsables de sus decisiones. Cuando las personas piensan antes de actuar, las empresas funcionan mejor, los emprendimientos crecen y la sociedad completa avanza con más confianza.