La guerra y la tensión en el estrecho de Ormuz han generado un efecto que va más allá de la volatilidad del petróleo. Los fondos soberanos y grandes grupos empresariales del Golfo han pasado de ser exportadores agresivos de capital a una etapa más cauta, donde prima la liquidez interna, los subsidios y la defensa. El caso más ilustrativo es Dubái.

A diferencia de Arabia Saudita, cuya economía depende mayoritariamente del crudo, Dubái genera solo el 17% de sus ingresos por petróleo; el restante 83% viene de logística, turismo, turismo médico e inmobiliario. El cierre del espacio aéreo y la parálisis de Ormuz golpearon exactamente esos sectores. "Cuando no había tregua, no llegaba ningún avión.

La ruta era inexistente. El turismo llegó prácticamente a cero", relata Manzur. Dubái es además el mayor puerto del mundo fuera de China, un hub por donde pasan productos chilenos como el salmón que se fileteaba ahí antes de distribuirse a otros países de la zona.

Ese negocio, hoy, no existe. Esa presión interna ha obligado a los fondos soberanos del Golfo a priorizar liquidez y estabilidad doméstica por sobre nuevas apuestas en el exterior. En lugar de seguir expandiendo inversiones en mercados de afuera, hoy están destinando más recursos a sostener sus propias economías.

Eso incluso ha llevado a vender participaciones accionarias en Estados Unidos y revisar alianzas estratégicas históricas con Washington. La molestia con Estados Unidos no es menor. Varios empresarios del Golfo vieron la ofensiva estadounidense como una decisión unilateral que terminó afectando su estabilidad, su turismo y sus negocios.

Eso ha abierto una discusión más amplia sobre bases militares, alianzas de seguridad e incluso el esquema de los petrodólares. En paralelo, Emiratos anunció su salida de la OPEP y OPEP+, señal de una búsqueda de mayor autonomía estratégica. "Antes podían invertir el 90% en Estados Unidos; ahora quizás será mucho menos.

Va a haber un reordenamiento de carteras", sostiene Manzur. Lo que ya está instalado no se mueve Mientras los proyectos nuevos esperan, las empresas árabes que llevan años en Chile no solo siguen operando: continúan reinvirtiendo. Aramco, que en 2024 tomó control de Esmax, la red que operaba Petrobras con más de 300 bencineras, mantiene su plan de remodelación de estaciones, expansión de tiendas y futura incorporación de cargadores para autos eléctricos.

"No van a paralizar esas cosas”, afirma Manzur. En tanto, consultada por Señal DF, la compañía desde Arabia Saudita declinó referirse al tema. Algo similar ocurre con Unifrutti, controlada por capital de Abu Dhabi y dueña de Verfrut.

La lógica aquí incluso se invierte: mientras más inestable el escenario internacional, más relevante se vuelve la seguridad alimentaria. Para países como Qatar, que hasta el año 2019 importaba cerca del 98% de sus alimentos, asegurar abastecimiento sigue siendo prioridad. "En alimentos siguen con todo.

Comprando campos, nuevas plantas, maquinaria, replantaciones. No están retirando utilidades, están reinvirtiendo casi todo", dice. Chile: oportunidad, pero con tareas pendientes "Somos un país demasiado bueno para ellos: aislado, estable, nadie quiere guerra con nosotros.

Nos ven como un país europeo con estabilidad dentro de Sudamérica", dice. A eso suma un factor menos económico pero igual de importante: la histórica cercanía de Chile con Palestina y la fuerte comunidad árabe-palestina local que facilita vínculos empresariales y políticos que en otros países simplemente no existen. Pero incluso con ese atractivo natural, Chile todavía tiene tareas pendientes si quiere transformar ese interés en inversión concreta.

En Arabia Saudita existió interés real por grandes proyectos de infraestructura de hasta US$ 1. 400 millones que nunca se materializaron por una razón menos geopolítica y más estructural: la lentitud chilena. "Ellos querían que el gobierno dijera: este es el proyecto, parte mañana.

Pero en Chile todo se concesiona y pueden ser años de tramitación", explica Manzur. Esa diferencia de ritmo terminó frenando operaciones que estaban dispuestas a avanzar. "Estaban dispuestos a invertirlo, pero quedó encarpetado.

" A eso se suma otra oportunidad que, según Manzur, Chile todavía no ha sabido aprovechar: la desalinización. Arabia Saudita es el país que más desaliniza agua en el mundo y lo hace a costos muy por debajo de Europa, Israel o Australia, lo que abre una ventana relevante para Chile, especialmente por la presión hídrica en minería y agricultura. “Ahí tenemos oportunidades muy grandes y todavía no se ha hecho nada”, afirma.

A su juicio, el problema no ha sido falta de interés saudí, sino la escasa profundidad de la relación institucional. Si los fondos del Golfo efectivamente reducen su exposición a Estados Unidos y buscan diversificar hacia economías estables y alejadas del conflicto, Chile aparece como destino natural en Latinoamérica. "Cuando vuelva la paz van a llegar más fuertes que antes, con más liquidez y probablemente mirando menos a Estados Unidos y más a destinos seguros", afirma.