Hace tiempo que a los chilenos nos están tratando como tontos. Y, peor, hace tiempo que respondemos comportándonos como tales. La operación es de manual: un gran engaño.

Una construcción sistemática para fijar en millones de cabezas una certeza que no es verdad, pero lo parece: que Chile está casi destruido, que vivimos una emergencia económica terminal, que no hay autoridad, que la corrupción carcome cada institución, que la delincuencia tomó las calles, que feministas y minorías pisotearon los valores, que los inmigrantes nos invadieron, qe el país está terminado. Como toda mentira eficaz, tiene granos de verdad. La delincuencia aumentó.

Hubo corrupción. La migración cambió el país. Por eso los incautos caen y, como todo converso, se pasan a la ultra: que se vayan todos, que se mueran todos.

El paso siguiente es trasladar a Chile al “lugar seguro” de Bukele, Milei, Orbán, Trump y Meloni. La indignación es real. La solución es un fraude.

¿No se trataba de combatir la delincuencia con mano de hierro? Ese era el envoltorio. ¿Y qué tenemos dos meses después?

Un gobierno refundacional que no la combate con plan integral sino con declaraciones rimbombantes, mientras prepara una rebaja de impuestos a las grandes empresas, con invariabilidad tributaria por 25 años. La mano de hierro era el envoltorio. El regalo, debajo del lazo, era otro.

El engaño tiene un único propósito: recortar programas sociales y bajar impuestos a los que más tienen. Hannah Arendt advirtió que el totalitarismo no necesita convencer al ciudadano de que la mentira es verdad: le basta con que deje de distinguir. Esa frontera la estamos perdiendo.

Mientras tanto, salimos a buscar la pelota como perros adiestrados. La vocera descontrolada, los exabruptos del ministro de Vivienda, el show del de Hacienda, los radicalizados cuyos tuits discutimos en vez de los decretos. Distracción para que la prensa abra con el escándalo del día y cierre sin explicar qué se votó en Hacienda.

El árbol de pascua se llama Ley Miscelánea, y cada día le cuelgan una guirnalda, mientras debajo se firma el verdadero regalo. Los recortes sociales, las contribuciones, los retoques a la PGU, son moneda de cambio: están ahí para ser cedidos, para que el gobierno haga el gesto magnánimo de “escuchar a la oposición”. Lo único que no se transa, por lo que la derecha se cuadró con Kast y la cúpula económica empuja sin descanso, es la rebaja del impuesto corporativo con invariabilidad por 25 años.

Ese es el engaño. La coreografía ya está escrita. Dirigida desde fuera por Parisi —verdadero jefe de la oposición colaborativa—, se sacarán los recortes más visibles y a cambio se aprobará la rebaja con invariabilidad por 25 años.

Todos felices ante las cámaras, hablando de “responsabilidad” y “altura de miras”. Matthei callará, entendiendo tarde que se la faenaron. A casi nadie en esa foto se le pasará por la mente que ha sido engañado.

Y un nuevo peligro: la ultraderecha que hoy orbita en torno a Kast migrará hacia Parisi o hacia algo peor. Los conversos no vuelven al redil tibio: avanzan donde el discurso es más radical. Pelear el engaño de frente es decir lo que casi nadie dice: que el país no está destruido, que las instituciones funcionan, que la delincuencia es un problema serio pero acotado y se combate con planes, no eslóganes; que la migración es un desafío, no una catástrofe; que feministas y minorías no destruyeron Chile, lo hicieron más amplio.

Es disputar el relato con palabra pública, cuerpo en la calle y voz en pantalla. Cuando se publique la foto del acuerdo y celebren la “responsabilidad” de la oposición, recordemos lo que quedó en la letra chica: rebaja del impuesto corporativo, invariabilidad por 25 años. Esa es la única cláusula que importa.

Todo lo demás fue decorado. Y como insulsos, no como el experimentado Insulza, saldremos otra vez tras la pelota que cada mañana nos lanzan al patio. Colorín colorado, este cuento ha terminado.