En el Día del Ingeniero Forestal, profesión a la cual la vida me ha concedido el privilegio de pertenecer, he querido detenerme brevemente a reflexionar sobre una actividad cuya importancia trasciende ampliamente lo meramente productivo. La actividad forestal posee una profunda connotación social, cultural, ambiental y económica, dimensiones que se entrelazan de manera inseparable y que dan sentido al verdadero propósito de nuestra labor. Social, porque en el contacto con el bosque y los ecosistemas naturales las personas encuentran bienestar, serenidad y una conexión esencial con la vida.
En esa interacción con árboles, animales, aves, insectos y microorganismos, el ser humano reconoce que forma parte de un sistema mayor, complejo y armónico. Cultural, porque en torno a los bosques se ha desarrollado gran parte de la historia de las civilizaciones humanas. El bosque ha entregado abrigo, alimento, materiales, identidad y simbolismo; ha moldeado costumbres, tradiciones y formas de habitar el territorio, constituyéndose como un componente fundamental de la memoria colectiva de los pueblos.
En el caso del mundo mapuche, esta relación alcanza una profundidad aún mayor, pues su cosmovisión se configuró íntimamente ligada al medio natural. El mapudungun, más que una lengua, expresa una manera de comprender el mundo donde la naturaleza habla a través de las personas y donde cada elemento del entorno posee significado, espíritu y equilibrio. La pérdida progresiva de esa relación con la naturaleza no solo ha significado deterioro ambiental, sino también un debilitamiento de la expresión cultural mapuche, cuyos fundamentos descansan precisamente en esa interacción armónica con el territorio y los ciclos de la vida.
Ambiental, porque los ecosistemas forestales sostienen procesos indispensables para la vida: conservan biodiversidad, regulan el clima, protegen los suelos y las aguas, capturan carbono y permiten mantener el equilibrio ecológico del planeta en tiempos especialmente desafiantes. Y económica, porque la sociedad requiere permanentemente de los productos y servicios que provienen del bosque. En ello debe destacarse, especialmente, el carácter renovable de los recursos forestales, condición que representa una oportunidad estratégica para avanzar hacia formas de desarrollo más sostenibles.
Sin embargo, esta dimensión económica debiera entenderse como una derivada armónica de las anteriores y no como un objetivo aislado. Allí radica uno de los mayores desafíos de nuestra profesión: construir y perfeccionar un modelo capaz de equilibrar productividad y sustentabilidad, sin menoscabar las dimensiones sociales, culturales y ambientales, incluso cuando la actividad se desarrolla a gran escala. Ser ingeniero forestal no consiste únicamente en ejercer una profesión técnica.
Implica asumir la responsabilidad de comprender, proteger y armonizar la relación entre la sociedad y la naturaleza, actuando con visión de largo plazo y pensando siempre en las generaciones presentes y futuras. En ello encuentro, además, una profunda convicción personal: a través de la ciencia fui validando muchas de las certezas y enseñanzas que mis antepasados me transmitieron en mi formación mapuche, donde la naturaleza no es concebida como un recurso ajeno, sino como parte esencial de la vida, del equilibrio y de la identidad de las personas. En tiempos donde el desarrollo suele medirse únicamente en cifras, el desafío forestal continúa siendo recordar que no existe verdadero progreso si este no es capaz de convivir con la conservación de la vida y la dignidad de los territorios.