Hubo un tiempo —no tan remoto— en que la izquierda chilena fue nervio y no pose, un sector efectivamente constructivo antes que declamatorio. Se alzó en el Caupolicanazo, en las jornadas de 1983–86, y eligió —contra la tentación del atajo— el camino más arduo: derrotar a la dictadura por medios institucionales. En el exilio y en la penuria doméstica ejercitó una autocrítica profunda.
Abandonó la tesis revolucionaria y, en clave fabiana, se recondujo hacia una socialdemocracia de paciencia estratégica. Con Ricardo Lagos alcanzó su momento culminante, como un socialismo de Estado de cuño mixto y reformista. Esa izquierda ha vivido, empero, siempre en tensión con su sombra: la persistencia de un marxismo anclado en la cuña leninista del Partido Comunista.
Mientras los socialdemócratas leían a Gramsci y a Habermas, los segundos se solazaban en su tosquedad. El equilibrio favorecía a los reformistas: su lenguaje era más fino y el horizonte más verosímil. Ese equilibrio se quebró en 2011.
Irrumpió una generación que no se dejó integrar en la tradición socialdemócrata: la bordeó. Hija de clases acomodadas, esa cohorte “desclasada” se articuló desde una versión nueva de la tesis revolucionaria que (1) moraliza el mercado como “mundo de Caín” y (2) eleva la deliberación a principio redentor. (3) Por vía de prohibir el mercado y ampliar una deliberación restringida (que excluye el escepticismo), se espera alcanzar la emancipación radical: el comunismo (al respecto, véase este texto).
Así nació la alianza de los revolucionarios: PC-FA. La tosquedad leninista encontró una validación en una retórica algo más desarrollada. El resultado eminente fue un proyecto constitucional de aire tercermundista, ajeno a las gramáticas republicanas de las democracias maduras.
Y la derrota fue histórica. La socialdemocracia mostró aquí una versión lamentable. Fue incapaz de levantar su propio pensamiento.
Primó algo así como un aire utopista, una remembranza juvenil y terminó apoyando el proyecto constitucional. Había antecedentes de esa doble inclinación —fabiana y revolucionaria— en la socialdemocracia local. La escena de Michelle Bachelet al trotecito para honrar a Fidel Castro delata una veta “ayudista”, tentada a volverse incapaz de sostener la autonomía crítica que exige la seriedad reformista.
Entretanto, el país se hunde en sus crisis: de seguridad, legitimidad y estancamiento productivo. La salida no vendrá de una nueva inflación moral. Requiere reformas difíciles: en educación, productividad y ordenamiento territorial.
Hay, en el presente gobierno de José Antonio Kast, signos de apertura que pueden ser discutidos, pero no ignorados. No estamos ante una derecha fanática vociferante y cerrada a todo acuerdo. La política no es exorcismo, es composición.
Fabianos o socialdemócratas podrían recuperar su capacidad de ser nervio político del país: el PPD, PS, sectores reformados del FA, jugar un papel articulador principal. Las condiciones básicas son en primer lugar distanciarse de la tesis revolucionaria, sea en la versión Carmona, Vallejo, Juan Andrés Lagos, etc. , sea en la versión Jackson, Atria, etc.
Sin esa separación, todo huele a simulacro. En segundo término, desplegar una labor decidida de ingeniería institucional. Volver a la mejor tradición de sus cuadros técnicos y ponerlos a rendir: reformas nacionales ejecutables, que aprovechen las fuerzas y dinámicas de la sociedad civil y el Estado, en las tres áreas críticas señaladas: educación, territorio y productividad.