Democracia banalizada En términos futbolísticos, aquello sería una temporada de eliminatorias. La semifinal tendría que jugarse contra la Rusia del astuto Vladimir Putin y la finalísima contra la poderosa China de Xi Jinping. Sin embargo, el proceso viene de mucho antes.
En rigor es secuela del debilitamiento de las democracias occidentales y de “la entretención” como sustrato de sus sistemas comunicacionales. En EEUU esto comenzó a darse como desconfianza en el clientelismo bipartidista, con su correlato de atracción por los outsiders llamativos. En los años ’80 del siglo pasado fueron abundantes las noticias sobre la disruptiva personalidad de Trump, promotor inmobiliario y animador de un programa farandulero.
Periodistas frívolos lo buscaban como fuente de desplantes antisistémicos y “cuñas” urticantes. Los atraía su habilidad para eludir impuestos, lucir mujeres guapas, posicionar su nombre en los edificios, flotar sobre bancarrotas, emitir “verdades alternativas”, contratar hagiógrafos, predicar el aislamiento ahorrativo y denostar a la OTAN como “un gran dispendio”. (Entre paréntesis, no fue noticia destacada su primera visita a Moscú, en 1987, por gestiones de Yuri Dobinin, embajador soviético en Washington.
Tampoco fueron noticia las visitas que siguieron, mientras la Unión Soviética se derrumbaba. Existe al respecto una prolija investigación de la periodista británica Catherine Belton, con información sobre sus contactos con agentes soviéticos camuflados como empresarios. Belton sugiere que ahí está la clave de su ambigua amistad con Vladimir Putin y del sospechado apoyo ruso a su primera y exitosa postulación presidencial.
Fin del paréntesis). Como resultado del proceso descrito, Trump se proyectó como un personaje cómicamente egocéntrico y con buenas perspectivas de acceso al escenario político. En sus memorias, el expresidente Barack Obama reconoció que “él era un espectáculo y en los Estados Unidos eso era una forma de poder”.
Peligro confirmado Em su primer gobierno, Trump proporcionó un alud de hechos y datos sobre su impericia. John Bolton, su primer asesor de seguridad nacional, lo describe en sus memorias como “asombrosamente desinformado” y cuenta que “el eje de adultos” de su entorno impidió chapuzas demasiado graves. Por cierto, no las dos principales: el sostenido rechazo a su derrota reelectoral ante Joe Biden y el correlativo asalto al Capitolio por parte de sus seguidores, con cinco muertos como resultado.
El periodista Bob Woorward complementó a Bolton con su libro Miedo, Trump en la Casa Blanca. Ahí dice que el presidente no captaba “la importancia de tener aliados en el exterior, la importancia de la diplomacia o la relación existente entre el ejército, la economía y las alianzas de inteligencia con gobiernos extranjeros”. Incluso consigna su frase “el verdadero poder es el miedo”.
Otro testimonio, más cercano, está en el ya mencionado libro de su sobrina Mary, sicóloga clínica con doctorado. Además de calificarlo como globalmente peligroso, ella lo diagnosticó como sociópata hereditario. Pero eso no es todo.
Datos de IA dicen que, a fines de su primer mandato, Trump cargaba con cuatro procesos penales, más de 90 cargos criminales y numerosos procesos civiles. Con esos antecedentes, el que asumiera su segundo y vigente mandato revela que la crisis de la democracia norteamericana estaba tocando fondo. Poco importaron sus políticas erráticas, sus jactancias machistas y sus comportamientos ilegales.
Thomas Friedman -uno de los periodistas más laureados de EE. UU- expresó su desazón ante esa realidad, con una claridad que escasea en los intelectuales públicos. En su columna del NYT describió a Trump como “el presidente más antiestadounidense de nuestra historia (pues) asigna poco o ningún valor a la sangre, el dinero y la energía que generaciones de soldados, diplomáticos y presidentes estadounidenses, antes que él, sacrificaron para construir esa asociación duradera con nuestros socios europeos”.
Concluyó con una angustiosa pregunta retórica “¿Estados Unidos está siendo gobernado por un rey loco? ” Tres conclusiones y un dilema La sinopsis precedente trata de explicar cómo se produjo la conjunción entre un aprendiz de brujo en la Casa Blanca y el agresivo aislamiento de la superpotencia occidental. También permite comprender a los países europeos que se negaron a apoyar a EEUU para desbloquear el estrecho de Ormuz.
La de Irán “no es nuestra guerra”, dijeron. En tercer lugar, induce a recordar que la Segunda Guerra Mundial comenzó por conflictos comparativamente menores que los catalizados por Trump. Ergo, el dilema actual es definir si, como corolario de tanta irracionalidad, estamos ante la amenaza o el prólogo de una tercera guerra mundial.