Claudia Gómez Académica Centro de Estudios de Género UCT El poder de la mujer en la moda trasciende la simple compra. Con un mercado global proyectado para crecer de 1. 36 billones de dólares en 2024 a 1.

78 billones en 2029, el consumo femenino es el catalizador crítico para reformar las prácticas más problemáticas de la industria. La acumulación de desechos, el uso intensivo de agua y la explotación laboral en gigantes asiáticos como China, Bangladesh, Vietnam e India, exigen un cambio urgente en la mentalidad de las consumidoras, especialmente en Latinoamérica, región que suele recibir el impacto del desecho plástico disfrazado de “moda”. Las mujeres hoy impulsan la necesidad de un modelo consciente y regenerativo.

No basta con comprar; se debe exigir como consumidoras que las marcas reevalúen sus cadenas de producción y se comprometan con la ética laboral. Ante esto, los movimientos activistas femeninos proponen tres soluciones fundamentales: Slow Fashion; que prioriza calidad y durabilidad sobre cantidad. Mujeres de todas las edades optan por prendas atemporales, rechazando macrotendencias que dañan el entorno y son imposibles de reciclar.

Mercado de Segunda Mano; es una plataforma de reventa en crecimiento exponencial que permite reducir la huella de carbono mientras se encuentran piezas únicas. Alquiler de Ropa; fomenta la circularidad al permitir el acceso a prendas de alta gama para ocasiones especiales sin necesidad de adquisición permanente. Es imperativo que las marcas incorporen iniciativas de sostenibilidad en el planeta: materiales regenerativos, reducción de plásticos y programas basados en las 3R (Reducir, Reutilizar, Reciclar).

Sin embargo, el desafío es cultural. La industria ha explotado históricamente las inseguridades femeninas y estándares de belleza irreales, exacerbados por redes sociales que imponen ciclos de consumo basados en la insatisfacción. A pesar de la rentabilidad del Fast Fashion impuesto por potencias como China y EE.

UU. , el consumo lineal e impulsivo debe transformarse. Tomando consciencia que la mujer no es solo la principal compradora, sino una líder cultural y agente de cambio.

Su poder colectivo es la fuerza capaz de exigir una transformación ética, moldeando una economía donde la moda coexista en armonía con la conservación y respeto al entorno.