Durante mucho tiempo se ha pensado que la música clásica es de nicho, un interés de minorías que pertenece a un mundo exigente y está reservada para quienes tienen formación o cercanía previa. Vale la pena poner en cuestión esa idea a la luz de lo que estamos viendo. En los últimos meses, la Fundación Vibra Clásica -dedicada a crear experiencias musicales con propósito- ha crecido de manera inesperada en una conocidísima red social difundiendo contenido sobre compositores, intérpretes y obras clásicas.
Pero lo interesante no está en esas cifras, sino en lo que ellas revelan. El aumento sostenido de visualizaciones y de seguidores muestra con claridad que la música clásica interesa y conmueve. Esa experiencia se expresa primero de manera directa y personal con miles de personas que reaccionan al contenido con impresiones espontáneas como “qué interesante esta historia”, “no conocía esta obra”, “qué interpretación más conmovedora”.
Y, a partir de ahí, ocurre algo más: la conversación. Personas (de distintas edades, lugares y oficios) empiezan a responderse, a recomendarse obras, a compartir referencias, a construir sobre lo que otros dijeron. El contenido deja de ser solo un punto de llegada y se convierte en un espacio fonde comienza el intercambio.
Algo similar ocurre fuera de lo digital. En Chile, los conciertos abiertos y ciudadanos convocan a miles de personas en espacios públicos que no necesariamente responden al estereotipo asociado al aficionado a la música clásica. Y agreguemos la reacción pública a la idea de que la música clásica “ya no interesa a nadie” -como expresó el actor Timothée Chalamet- que se ha traducido en una defensa amplia que excede el ámbito puramente artístico.
El problema nunca ha sido la música, sino las condiciones de acceso. Durante años se instaló la idea de que era necesario entender antes que disfrutar, como si la experiencia estética requiriera preparación previa. Sin embargo, cuando la música circula sin barreras simbólicas, encuentra rápidamente a quienes están disponibles para escuchar.
Hay, además, un elemento de contexto que quizás ayude a comprender el interés por lo clásico, que es el exceso de ruido, fragmentación y polarización en el que vivimos. En ese entorno, la música clásica propone detenerse, escuchar y abrirse a la emoción íntima. Y, al mismo tiempo, ofrece algo poco habitual en un clima de división, como la posibilidad de formar parte de una experiencia compartida, de una audiencia que se reconoce en la escucha y en la conversación.
Este fenómeno no parece agotarse hoy ya que se multiplican las oportunidades para que niñas, niños y jóvenes descubran en lo clásico una afición o una vocación. ¿Por qué no pensar en futuros intérpretes, nuevos compositores, nuevas directoras de orquesta?