En Chile, la discusión sobre salud suele reducirse a una aritmética de la urgencia: cuántos días para una cirugía, cuántos meses para un especialista, cuántos ceros para el presupuesto. Es una métrica necesaria, pero ciega ante una realidad más profunda y persistente. Existe otra “lista de espera”, una menos visible pero más estructural, que rara vez ocupa los titulares: la de las mujeres atrapadas en un sistema que previene poco, fragmenta mucho y, casi por diseño, suele llegar tarde.

Esta fue la tesis central que cruzó el Nexo Internacional de Salud, encuentro realizado el pasado viernes 17 de abril en conmemoración de los 20 años del MBA con Especialización en Salud de la Universidad Andrés Bello (UNAB). Bajo el foco del liderazgo femenino y la gestión sanitaria, la discusión fue clara: urge dejar de entender la salud de las mujeres como una suma de prestaciones aisladas para empezar a gestionarla como una trayectoria de cuidado. La evidencia internacional es un espejo incómodo.

Según la OCDE (2025), el gasto preventivo global apenas bordea el 3% del total en salud. En este escenario surge una paradoja en donde McKinsey y el World Economic Forum muestran que las mujeres viven más, pero pasan en promedio un 25% más de tiempo con mala salud que los hombres. No es un destino biológico, sino el resultado de un sistema que no sabe —o no quiere— cuidar esos años adicionales.

Chile reproduce esta tensión con claridad. Por un lado, celebramos logros: la mortalidad por cáncer cervicouterino ha caído 56% desde 1990. Sin embargo, el optimismo choca contra la gestión actual.

El informe oficial del Plan Nacional de Cáncer (julio 2024) muestra que la cobertura de Papanicolau (PAP) en el sistema público apenas alcanza 53,8%, y la de mamografías en mujeres de 50 a 69 años, 39,3%. La señal es política: no basta que la prestación exista si el sistema falla en llegar a tiempo. El error de fondo es conceptual.

Durante décadas, la salud de las mujeres ha sido tratada como un sinónimo casi exclusivo de salud reproductiva (embarazo y parto). Se ignora que esa trayectoria está atravesada por la obesidad, la depresión, el dolor crónico y una sobrecarga de cuidados que el Estado da por sentada. Los datos del Minsal son tajantes: 7 de cada 10 personas mayores de 15 años en control presentan exceso de peso, con una incidencia significativamente mayor en mujeres.

No es un dato lateral; es una hipoteca de salud que se paga con años de vida enferma. La evidencia es contundente. Un estudio nacional muestra que la obesidad pregestacional es un factor crítico de riesgo en nuestra transición obstétrica.

Un tercio de las cesáreas de urgencia y el 24,3% de las electivas se atribuyen a la obesidad pregestacional. Cuando el sistema llega tarde a la prevención de la obesidad, termina interviniendo el quirófano. Es un fracaso de la trayectoria que se traduce en mayor morbilidad materna y, en poblaciones vulnerables como las mujeres migrantes, en una atención más medicalizada y con menor acompañamiento.

Aquí es donde la “compra estratégica” del seguro público —que cubre a más de 16,2 millones de personas, de las cuales el 52% son mujeres— deja de ser un tecnicismo contable para convertirse en una herramienta de justicia social. Como planteó César Oyarzo en Nexo Salud, si seguimos pagando por “actos sueltos” (el examen, la cirugía, el parto), seguiremos obteniendo fragmentación. Si el asegurador público comienza a pagar por continuidad, prevención y resultados, la conversación cambia.

Se deja de comprar una “atención” para empezar a garantizar una vida saludable. Esa es, finalmente, la otra lista de espera. No es solo la espera por un cupo en el quirófano; es la de millones de mujeres para que el sistema llegue antes del daño acumulado, del diagnóstico como sentencia y del cuidado informal que las agota en el hogar.

Porque cuando el sistema llega tarde a una mujer, rara vez llega tarde solo a una persona: llega tarde también a su familia, a su red de apoyo y a la vida cotidiana que ella sostiene. Y esa demora —aunque no siempre engrose las estadísticas oficiales— también enferma.