Al mismo tiempo, la hostilidad de Trump hacia las energías renovables —que permiten a la vez una menor dependencia de los países que producen su energía con ellas, una energía más barata y una red más resistente, además de una sinergia con una cultura de la innovación importante— está haciendo que Estados Unidos pierda esta carrera, que es estratégicamente mucho más importante que los intentos de Trump por controlar una fuente de energía que progresivamente irá quedando obsoleta. Otro ejemplo de esto es cómo la política tarifaria de Trump apenas ha afectado a China, pero en cambio ha dañado a Estados Unidos más que a nadie. Dicho esto, es evidente que cualquier persona decente debe desear la caída de un régimen como el iraní, que hasta hace solo unas semanas regó su país con la sangre de decenas de miles de sus habitantes que pedían mayor libertad.

Pero un deseo de la decencia no necesariamente lleva a una buena política. Ya la guerra de Irak, mencionada anteriormente, es muestra de ello, pero también podemos pensar en Libia desde 2011. En este caso también la campaña contra la tiranía sanguinaria de Gadaffi fue llevada por medios aéreos (lo cual prueba que no estamos frente a una novedad, como sostiene Kouyoumdjian) y sin casi tropas extranjeras en tierra.

Al caer el régimen, sin embargo, lo que quedó en su lugar no fue un aliado de Occidente, sino un país dividido entre señores de la guerra, que conoce una violencia continua y que ha extendido como una metástasis su inestabilidad a todo el Sahel, alimentando guerras civiles tan diversas como las de Mali, Burkina Faso, Níger y Sudán, entre otras. Si Irán se transforma en una especie de Libia del Golfo Pérsico, las consecuencias pueden ser mucho más catastróficas. Por eso es tan preocupante la ausencia de una ruta política clara de Estados Unidos, donde cada declaración de Trump o de alguno de sus ministros plantea objetivos distintos de la guerra, que son contradictorios entre sí.

Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, ¿qué pasa cuando hay una guerra sin política detrás? Por último, esta guerra, al igual que lo sucedido en Libia en 2011, que lo sucedido con la guerra de exterminio lanzada por Rusia contra Ucrania, y que la impunidad con que opera el régimen de Corea del Norte, llevan a una sola conclusión para cualquier potencia grande o media que quiere garantizar su independencia: el desarrollo de armamento nuclear de la forma más rápida y encubierta posible. Bajo este aspecto no deja de ser irónico que una guerra lanzada para supuestamente destruir un programa nuclear —que el mismo Trump dijo días antes que había sido aniquilado— lleve, a mediano plazo, a un aumento de la proliferación nuclear, con las consecuencias catastróficas que esto probablemente puede tener.