Históricamente he sido considerado tanto en Buenos Aires como en Santiago como uno de los “halcones” de la política exterior chilena, pero eso no quiere decir que no quiera que la relación entre ambos países prospere y que sea cualitativamente mejor que lo que conocemos. Chilenos y argentinos merecemos pasar de una relación en que prime la falta de buenas confianzas y algunos desacuerdos a una en que nos potenciamos y en que la suma de las partes sea más que lo que estamos habituados en Chile y la Argentina. Nunca las relaciones entre países como los nuestros -que comparten muy largas fronteras terrestres y marítimas- van a estar libres de ruido, pero después de más de 200 años de relación nos merecemos algo mejor.

Ello no pasa porque los “halcones” nos quedemos callados y las relaciones entre países sólo se enfoquen en lo que es más fácil de abordar. La estrategia de cuerdas separadas no permite pasar a relaciones de segunda derivada: sólo logran mejorar lo existente en forma temporal e imperfecta. Lo que esta semana propuso el embajador Uriarte claramente ayuda, pero sólo se enfoca en lo económico, más la extradición de Apablaza.

El primer principio que toda buena relación de vecinos conlleva es no meterse en los temas ajenos. Eso asegura tener una relación que no se ve contaminada por opiniones de terceros. Evidentemente, ayuda el hecho de tener administraciones a ambos lados con una cierta afinidad política, pero en el caso de la relación con Argentina necesitamos que la relación sea a prueba de las ideologías.

En eso ayuda la integración económica. El segundo principio es no desear los bienes ajenos y quizás es aquí en donde tenemos más trabajo por realizar. La Argentina no ha modificado su política de Defensa, en la cual se indica que el Estrecho de Magallanes son aguas compartidas, estando claro que son aguas chilenas.

También tenemos conflictos entre la plataforma continental chilena y la plataforma continental extendida que pretende argentina en la Zona del Mar Austral, una que se construye a través del mismo método geo científico usado para los espacios marítimos circundantes generados por las Falklands–Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, proyección que además pasa a llevar el punto F establecido en el Tratado de Paz y Amistad (TPA) de 1984. A lo anterior se suma la imperfecta y no terminada delimitación de Campos de Hielo Sur y la más importante de todas, la superposición de derechos soberanos chilenos, argentinos y británicos en la Antártica. Esto es algo sobre lo cual nos debemos poner de acuerdo y resolver los tres países.

Por ahora, los conflictos que generan la superposición de reclamaciones vienen más bien dados por las proyecciones de las zonas económicas exclusivas (ZEE), plataformas continentales y plataformas continentales extendidas. No creo que tengamos que desahuciar el TPA y reemplazarlo por un nuevo tratado, pero esa posibilidad siempre existe y está claro que cuando se acordó su espíritu no consideraba la presentación que hizo en el 2009 la Argentina respecto de la plataforma continental extendida, que se construye y asume, entre otras cosas, la titularidad y soberanía de territorios insulares que están actualmente en manos británicas, más las que reclaman junto con nosotros y el Reino Unido en forma superpuesta en el continente blanco. Resolviendo los temas anteriores nos podemos concentrar no sólo en la integración económica y en la suma de fuerzas que genera un Cono Sur de America potente, incluyendo volver a mirar cosas que quedaron en el pasado, cuando a fines de los ’90 miramos hasta los temas de defensa desde una perspectiva amplia, integrada y estratégica.

Es hora de resolver los problemas y desacuerdos, hora de avanzar.