En momentos de cambio político profundo, las sociedades no solo eligen gobiernos: eligen también marcos de sentido, formas de entender el desarrollo, el rol del Estado y, en definitiva, el tipo de convivencia que desean construir. Chile atraviesa hoy uno de esos momentos bisagra. El tránsito desde un gobierno identificado con la transformación social hacia uno que reivindica con fuerza el individualismo y la primacía del mercado no es un simple péndulo electoral; es, más bien, la expresión de una disputa cultural e ideológica aún no resuelta.

En este contexto, el contraste entre las ideas de John Maynard Keynes y Milton Friedman vuelve a cobrar una vigencia inesperada. No se trata de un debate académico del siglo XX, sino de una tensión plenamente contemporánea: ¿debe el Estado asumir un rol activo en la economía y en la reducción de desigualdades, o debe limitarse a garantizar condiciones mínimas para que el individuo despliegue su libertad en el mercado? La actual orientación política parece inclinarse por lo segundo.

Se privilegia la responsabilidad individual, el emprendimiento personal, la lógica de que el progreso es, ante todo, una tarea privada. Bajo esta mirada, el Estado debe ser austero, acotado, casi subsidiario, evitando intervenir más allá de lo estrictamente necesario. Es la vieja confianza friedmaniana en que los mercados, correctamente regulados, asignan recursos de manera más eficiente que cualquier diseño estatal.

Sin embargo, esa visión, llevada al extremo, tiende a ignorar una realidad persistente en Chile: la desigualdad estructural. No se trata solo de brechas de ingreso, sino de desigualdades en acceso a oportunidades, educación, salud, seguridad y calidad de vida. En un país donde el punto de partida es profundamente desigual, el énfasis exclusivo en el esfuerzo individual puede terminar consolidando privilegios más que promoviendo movilidad.

Es aquí donde la perspectiva keynesiana ofrece un contrapunto necesario. No como una receta rígida, sino como un principio orientador: en tiempos de incertidumbre y crisis, el Estado no puede ser un espectador. Debe ser un actor activo que invierte, que protege, que genera condiciones para que las personas no solo sobrevivan, sino que puedan proyectar sus vidas con dignidad.

Keynes no proponía un Estado omnipresente, sino uno inteligente, capaz de intervenir cuando el mercado falla y de sostener la cohesión social cuando esta se ve amenazada. En definitiva, la búsqueda de apalancamientos para el bienestar a modo socialdemócrata. Sin embargo, en esta necesaria búsqueda de un nuevo relato, sería un error atribuir exclusivamente al ciclo político actual la responsabilidad de esta inflexión hacia el individualismo.

La centroizquierda y la izquierda deben asumir una autocrítica honesta y profunda. El giro electoral que vive Chile no surge en el vacío ni por inercia. Es también consecuencia de expectativas no cumplidas, de promesas que no lograron traducirse en transformaciones estructurales, y de una política que, en demasiadas ocasiones, se quedó en el plano simbólico.

Se privilegió el gesto sobre la gestión, el discurso sobre la implementación. Se habló de cambios profundos, pero muchas veces sin la capacidad técnica, política o institucional para llevarlos a cabo. Y en ese desfase entre lo prometido y lo realizado, se abrió un espacio fértil para el desencanto ciudadano.

Un desencanto que no necesariamente niega la necesidad de mayor igualdad, pero que sí cuestiona la eficacia de quienes pretendían conducir ese proceso. La pregunta de fondo, entonces, no es solo qué modelo económico adoptar, sino qué relato de futuro se es capaz de construir y sostener. Porque las sociedades no se movilizan únicamente por cifras o indicadores, sino por horizontes compartidos.

Y hoy ese horizonte aparece difuso. Frente a ello, insistir en una comunicación política superficial, dominada por la inmediatez de redes sociales, del juego político de corto alcance, resulta claramente insuficiente. La profundidad del momento exige algo distinto: deliberación, pensamiento estratégico y una conversación honesta con la ciudadanía sobre los desafíos reales del país, en suma, sentido común.

“Más Keynes, menos Friedman” no es solo una consigna económica. Es una invitación a reequilibrar prioridades. A entender que el bienestar no puede depender exclusivamente de la capacidad individual de competir en el mercado, sino también de la existencia de instituciones que protejan, acompañen y generen oportunidades reales.

Hoy, ese desafío es urgente. La derecha que gobierna intenta instalar una disputa cultural y política que sitúa en el centro el individualismo, el mérito entendido de forma aislada y un Estado reducido en su rol. Frente a ello, el progresismo no puede limitarse a reaccionar: debe recomponerse, repensar su relato y trazar una ruta clara de futuro, donde la libertad vaya de la mano con la igualdad, y la solidaridad vuelva a ser eje del desarrollo.