Trayectoria Montero nació en 1955, en Antofagasta. Cuando era niño, su familia se trasladó a Santiago y entró al Liceo Manuel de Salas. Ahí, con dos amigos, armaron el primer ala delta construido y volado en América Latina.

Lo hicieron en un garaje de Ñuñoa, entre tubos, tela y piezas improvisadas. El primer vuelo fue en el año 73, cuando él estaba terminando el colegio. Estudió ingeniería en acuicultura en la Universidad de Chile y luego de salir, en 1981, entró a ProChile para trabajar en un programa con Naciones Unidas y el Centro de Comercio Internacional en Ginebra.

El proyecto consistía en dar la vuelta al mundo visitando los grandes centros de exportación de productos del mar para estudiar cómo Chile podía desarrollar ese mercado. Después cursó un MBA en Oregon State University y un máster en oceanografía. Al egresar, en 1985, entró a la World Commission on Environment and Development desde donde se organizó la primera COP.

Posteriormente saltó a la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja. Su trabajo consistía en auditar el uso de los fondos internacionales que los países ricos enviaban a las filiales de países pobres. Recorrió más de 70 países desde 1987 a 1997.

Vio campamentos de refugiados y países en guerra. En 1998 se cansó del ritmo y comenzó a buscar una salida. Durante las auditorías conoció a ejecutivos del banco inglés Standard Chartered Bank.

Más tarde se encontró con ellos en India y recibió una propuesta: abrir y dirigir la oficina suiza de la institución financiera. “Me tomó un año y medio abrir el banco”, dice. Tras dirigir por tres años Standard Chartered en Ginebra, se cansó: “El barco era muy grande.

Miles de empleados en todo el mundo. No era una taza de té”. Aterrizaje en Dubái En esos años empezó a mirar con atención la economía digital.

Dice que se interesó por blockchain y criptomonedas incluso antes del auge que siguió al nacimiento de bitcoin en 2008. Desde ahí creó empresas de transformación digital y finanzas en Ginebra, levantó fondos para firmas y fundaciones. Pero con el tiempo, Montero sintió que Europa comenzaba a estancarse.

Y fue ahí cuando miró hacia el Golfo Pérsico. En 2015 cerró sus empresas y se trasladó a Dubái, un lugar que en ese momento se estaba transformando rápidamente en uno de los principales polos globales para tecnología financiera, activos digitales y nuevos modelos de negocio. “Todo lo nuevo está ahí”, describe.

Llegó primero ligado a una empresa del área del oro y luego reconstruyó su propio ecosistema de negocios: Carter Capital, enfocada en gestión de activos digitales con estrategias conservadoras; Palmer Advisory, dedicada a consultoría; y USDR Commodities, centrada en la tokenización de recursos naturales. Actualmente vive entre Dubái y Suiza. En el país europeo, afirma, ha ayudado a crear incubadoras de startups en distintas universidades: “Al final, los programas de MBA se están transformando en incubadoras”.

Ahora, sentado en un café en Plaza Ñuñoa, dice que, a pesar de la guerra, Dubái sigue siendo un gran lugar para emprender: “Imagínate un Estadio Nacional con tres millones de personas adentro: el 80% son emprendedores y el otro 20% quiere ser emprendedor”.