La agresión que sufrió el diputado Javier Olivares debe ser condenada sin medias tintas. Golpear a una persona por pensar distinto jamás será aceptable en democracia. Nunca.
No existe justificación política, ideológica ni emocional para que la violencia física se transforme en un método de acción pública. Quien crea lo contrario simplemente está cruzando una línea peligrosa que Chile ya ha pagado demasiado caro en su historia. Pero también creo que sería una tremenda cobardía política quedarnos solo en la condena fácil, en la declaración correcta para la cámara o en el discurso políticamente conveniente.
Porque cuando un hecho de violencia ocurre en medio de un ambiente cargado de provocaciones, insultos, arrogancia y desprecio permanente hacia quienes piensan distinto, el país tiene derecho a exigir una conversación más honesta y más profunda. Y aquí es donde muchos se incomodan. Porque pareciera que hoy existe una especie de inmunidad moral para algunos personajes públicos que creen que pueden humillar, provocar, burlarse o actuar con soberbia de manera permanente y luego sorprenderse cuando generan rechazo social.
Ojo: rechazo jamás significa violencia. Pero tampoco podemos seguir fingiendo que las palabras, las actitudes y la forma en que algunos ejercen la política no tienen consecuencias. Lee también...
Golpes de puños y patadas en el suelo: el detalle de la agresión al diputado Javier Olivares Domingo 10 Mayo, 2026 | 16:15 La política chilena se ha ido degradando peligrosamente. Hoy muchos creen que hacer política consiste en ridiculizar al adversario, en provocar para sacar aplausos en redes sociales o en instalar un personaje agresivo que vive del conflicto permanente. Y cuando eso ocurre todos los días, cuando el espectáculo reemplaza al diálogo y la arrogancia reemplaza a la prudencia, se comienza a incubar algo mucho más grave: la normalización del odio.
Porque sí, las acciones soberbias tienen consecuencias. Y eso aplica para todos los sectores políticos. Aquí no hay santos ni víctimas eternas.
Hay responsabilidades compartidas en la destrucción del debate público. Durante años vimos cómo la política dejó de construir acuerdos y comenzó a construir trincheras. El que piensa distinto pasó de ser un adversario democrático a convertirse en un enemigo al que había que destruir públicamente.
Y algunos alimentaron esa lógica todos los días frente a una cámara, un micrófono o una red social. El problema es que después nadie quiere hacerse cargo del monstruo que ayudó a crear. Durante mis cuatro años como diputado jamás recibí agresiones físicas de ningún sector político.
Y no fue casualidad. Siempre entendí que representar a las personas exige responsabilidad, templanza y respeto. Se puede debatir fuerte, se puede defender una idea con pasión, incluso confrontar políticamente, pero nunca desde la humillación permanente ni desde la arrogancia de creer que el cargo te convierte en alguien moralmente superior.
Porque el cargo no da inmunidad moral. Y esa frase algunos deberían tatuársela antes de prender una cámara. Hoy existe una generación de políticos y opinólogos que viven instalados en la lógica del conflicto.
Necesitan enemigos para sobrevivir mediáticamente. Necesitan tensión constante para seguir vigentes. Y cuando la política se transforma en un circo de provocaciones diarias, inevitablemente la convivencia democrática se deteriora.
Después vienen las lágrimas públicas, los discursos sobre la violencia y las declaraciones institucionales. Pero muy pocos tienen la valentía de mirar el contexto completo. Muy pocos quieren reconocer que hay figuras públicas que durante años construyeron liderazgo desde la soberbia, el desprecio y la provocación sistemática.
Y quiero ser extremadamente claro: nada de eso justifica una agresión física. Nada. Quien golpea debe responder ante la justicia y ante la sociedad.
Pero también debemos ser capaces de decir algo que parece prohibido en estos tiempos: la violencia no nace de la nada. La polarización permanente, la deshumanización del adversario y el uso irresponsable de la tribuna política terminan generando ambientes cada vez más peligrosos. Chile necesita urgentemente recuperar la cordura.
Necesitamos políticos que sepan dialogar y no incendiar. Líderes que entiendan que tener convicciones no significa actuar con arrogancia. Autoridades que comprendan que el respeto no se exige por decreto ni por investidura, sino por conducta.
Porque hay algo que muchos olvidaron: el respeto también se construye. Hoy vemos parlamentarios, dirigentes y figuras públicas actuando como celebridades del conflicto, creyendo que mientras más agresivo es el discurso, más fuerte es el liderazgo. Y eso es falso.
El verdadero liderazgo se demuestra cuando alguien es capaz de sentarse a conversar incluso con quien piensa radicalmente distinto. Lo fácil es insultar. Lo fácil es provocar.
Lo fácil es dividir. Lo difícil es construir acuerdos. Y Chile necesita acuerdos mucho más de lo que necesita personajes buscando likes desde la confrontación permanente.
Lee también... Versiones de testigos contradicen relato de Olivares: "Fue burlesco" y "no contó la historia completa" Lunes 11 Mayo, 2026 | 12:00 La ciudadanía está cansada de ver políticos peleando como si el país fuera una batalla de egos. Está cansada de la soberbia de quienes creen tener superioridad moral automática solo por ocupar un cargo o representar una causa determinada.
Y está cansada también de la hipocresía de quienes alimentan el odio todos los días, pero después se escandalizan cuando ese odio explota de la peor manera. La violencia jamás será el camino. Nunca.
Pero tampoco podemos seguir actuando como si las palabras no importaran, como si la arrogancia pública fuera gratis o como si provocar permanentemente a los demás no terminara generando consecuencias sociales profundas. La democracia se defiende con diálogo, con responsabilidad y con humanidad. No con golpes.
Pero tampoco con soberbia disfrazada de liderazgo. Porque al final del día, algunos podrán ponerse capas prusianas, hablar desde la superioridad o creerse intocables frente a la crítica pública, pero la verdadera autoridad no nace del personaje que se construye frente a las cámaras. Nace de la humildad, del respeto y de la capacidad de convivir democráticamente incluso con quienes piensan distinto.
Y cuando eso se pierde, no solo se degrada la política: se degrada el país completo.