En conclusión, esta “moda” no es inocente ni pasajera. Es un síntoma de una cultura juvenil atravesada por la hiperconectividad, la exposición a la violencia y, en algunos casos, la falta de canales adecuados para expresar malestar. Abordarla requiere más que castigo: demanda educación emocional, alfabetización digital, compromiso institucional y una reflexión profunda sobre el tipo de comunidad que se está construyendo dentro y fuera de las aulas.