Porque la convivencia comienza a degradarse cuando el Estado transforma a educadoras, médicos, profesores o trabajadores sociales en delatores bajo el pretexto de convertirlos en auxiliares de persecución estatal y estos aceptan sin cuestionamientos e incluso celebran el rol que se les ha asignado. Hay quienes creen que esto solo afecta a migrantes. Se equivocan.
Cuando las instituciones pierden sus límites éticos, nadie queda completamente protegido. Hoy son extranjeros pobres y vulnerables. Mañana puede ser cualquier grupo que el poder político considere amenaza, incómodo o indeseable.
La lógica siempre es la misma: el miedo justifica excepciones y las excepciones terminan destruyendo principios fundamentales. El problema nunca es solo la ley. El problema es en qué nos convierte como sociedad.
Porque el día en que una escuela deja de proteger y comienza a delatar, algo esencial de la convivencia democrática empieza a desaparecer: la humanidad.