En la mañana del último viernes de marzo, el joven de IVº medio Hernán Meneses Leal se encerró en el baño para prepararse. Cuando salió, lo hizo con ropa negra, antiparras y armas (según la Fiscalía, se incautó un pequeño arsenal: un puñal gris, un cuchillo tipo katana con hoja de 68 cm. , un hacha táctica, un artefacto explosivo de fabricación casera, entre otras cosas).
El adolescente quitó la vida a la inspectora María Victoria Reyes (59 años), dejó en el hospital a Haydée Moya, otra funcionaria, e hirió a tres compañeros de entre 15 y 16 años. Buena parte de los antecedentes que manejan ahora las autoridades están en redes sociales: mensajes, del mismo agresor, que envió a través de Youtube, X, Discord e Instagram. Las razones son complejas y las hipótesis múltiples: ¿mal ejemplo del narcotráfico?
, ¿mayor violencia en la sociedad? ¿Problemas de salud mental? Más allá de las incógnitas pendientes de investigar, una causa es evidente para cualquier educador: los adolescentes de hoy asisten, en realidad, a dos colegios cada día.
El matutino, como el Instituto Obispo Silva Lezaeta, de Calama, fundado en 1960 por el Obispado de Antofagasta; pero luego, una vez que vuelven a casa, participan en una escuela “vespertina”, a la cual pueden dedicar incluso más horas que a la primera: la boca del lobo, Internet. En el minuto que un niño abre un perfil en redes sociales, despierta el algoritmo. Un tiburón diseñado por los mejores ingenieros del mundo olfatea la sangre de tus vulnerabilidades y te ofrece un “rabbit hole”.
Así, mientras el alumno salta de video en video, el dinero fluye a través de la publicidad que se va colando. Así, la violencia interviene de formas variadas. En 2025 hubo más de 22.
000 denuncias a la Superintendencia de Educación por mala convivencia. Un niño entra a jugar Roblox sin supervisión de sus padres y resulta que hay adultos muy simpáticos que lo invitan a la isla de Epstein. Otro niño curioso pregunta por sangre y termina recibiendo clases para decapitar animales.
Un adolescente en Calama está en situación vulnerable y el algoritmo, en lugar de sacarlo adelante, lo refuerza en su soledad. Como me decía un alumno de IIº medio: “Todos los días tengo miedo de volver a mi casa. Sé que en cuanto entre a mi pieza, voy a mirar Instagram, o cosas peores, hasta la hora de comer.
Y después regreso en la noche. Estoy chato. Y aprendo cosas que en realidad no quiero aprender”.
Los niños tienen miedo. No me extraña: después de conversar con cientos de alumnos en colegios de distintos sectores de Santiago y ahora también en regiones, no conozco a ningún alumno que haya leído clásicos de la literatura en su pantalla. Más bien, puros problemas.
Una alumna de 7º básico abre un perfil de Instagram. Después de tres horas de deliberación sobre colores, maquillaje, postura y ropa, sube, por fin, una foto. Luego, revisión compulsiva de los comentarios, en la que se puede pasar fácilmente otra hora.
Entonces un niño de otro colegio comenta: “Que linda la foca”. Esa noche, la niña no come. Al día siguiente entra al loop de los videos sobre dieta intermitente.
Al cabo de un mes cae desmayada en el colegio. En cinco años se quita la vida. ¿Cómo prevenir nuevas agresiones?
Además de pórticos o revisión de mochilas, conviene estudiar cómo está “formando” a los niños el “segundo colegio”. El siguiente paso natural, pienso, sería adoptar la ley australiana, que ordena a las mismas plataformas de redes sociales impedir la creación de cuentas a los menores de 16 años. En la medida que los alumnos puedan respirar aire fresco y disfrutar de tardes libres de contenidos agresivos, disminuiría el miedo, la inquietud, la zozobra de la que hoy tantos se quejan.