Son dos relatos breves de la escritora Mariana Enríquez los que la cineasta argentina Laura Casabé adaptó libremente para crear esta película. Uno es el del título del filme, y el otro, en menor medida, es “El carrito”. Los dos fueron publicados en su colección de cuentos Los peligros de fumar en la cama (2009), generalmente elogiada por la crítica y el público lector, donde se roza el terror gótico con el realismo social latinoamericano.

Aunque claro, más de alguien no la consideró una propuesta literaria que rompiese especialmente con la tradición. La historia transcurre en el conurbano bonaerense, en los márgenes, a las afueras de la capital, durante los convulsos inicios de los años dos mil, cuando la inestabilidad política, social y económica se desbordaba sin tregua y por todas partes. Muchos en Chile recordamos esa época por las emblemáticas imágenes del presidente Fernando de la Rúa huyendo en helicóptero desde la Casa Rosada.

Y aunque ese tiempo de colapso se toca con tangencial sutileza, sí se siente con fuerza. Es en ese ambiente asfixiante y polvoriento donde tres amigas adolescentes, recién egresadas del colegio, pasan juntas un verano caluroso y sofocante. El hastío y la rabia tienen una presencia permanente, con una puesta en escena inmersiva y un fatalismo inminente de que en cualquier momento sucederá algo trágico, oscuro o macabro, especialmente con la introducción progresiva de creencias populares y elementos sobrenaturales en la vida cotidiana.

La protagonista es la atribulada Natalia, condenada a vivir con su abuela ante el abandono parental, en un debut cinematográfico despampanante de Dolores Oliverio, quien con su hipnótico magnetismo transmite su obsesión por un joven (Agustín Sosa) con el que algo hubo, pero se disipó, y más después de que al grupo se integra Silvia (Fernanda Echevarría), una mujer algunos años mayor que a todos impresiona y todo lo sabe, pues sobre ella es a donde los ojos del joven ahora se posan. Viendo que su natural belleza no le basta para recuperarlo, Natalia recurrirá a todo tipo de tretas, incluyendo la brujería, para alejarla a ella y cautivarlo a él, y así al fin, desesperadamente, perder su virginidad, quizás como vía de escape. Las tensiones irán creciendo y el calor también, así que a Silvia se le ocurre (¡a quién más!

) que, para paliarlo, todos vayan a bañarse a una profunda tosquera relativamente cercana, una especie de laguna artificial que se formó con aguas subterráneas tras una excavación minera abandonada, reforzando la idea del peligro latente. Pero los sucesos no se desenvolverán como ella espera, sino de una manera inesperada y devastadora. En esta suerte de coming of age de terror suburbano, con una mirada femenina distintiva, la apuesta sensorial de Laura Casabé ahondará en las complejidades, angustia y vulnerabilidad inherente en el paso de la adolescencia a la adultez, con denotadas influencias de películas como Carrie (1976) o Las vírgenes suicidas (1999).

Si bien hay una serie de escenas episódicas que no cuajan del todo, sucesos y personajes que apenas se desarrollan o explican, casi como meras viñetas, funciona bastante bien en lo global gracias a sus virtudes ya destacadas, la esencial fotografía de Diego Tenorio, y bajo la consideración que es una cinta de género que, como en los dos cuentos de Mariana Enríquez, se privilegia la construcción de la atmósfera más que la densidad y resolución narrativa. La película tuvo importantes pasos por diversos festivales de cine de renombre, pero no llegó a la cartelera nacional. Sin embargo, está disponible en la plataforma HBO Max.

Es poco más de hora y media de metraje que a veces incluso llega a rememorar obras de Lucrecia Martel y que, al menos, te mantiene invariablemente sumergido, pues su mayor fortaleza está en cómo te hace sentir más que en lo que se cuenta.