Señor director: La muerte de una niña de dos años tras caer desde un piso 11 en Las Condes expone una realidad que en tribunales de familia se conoce hace años, pero que rara vez se discute con profundidad: muchas madres negocian regímenes de relación directa y regular desde el miedo. Miedo a domicilios que no conocen, a condiciones inseguras o a hábitos de cuidado respecto de los cuales tienen dudas legítimas. Por eso, solicitudes como instalar mallas de seguridad en departamentos ubicados en altura son frecuentes en acuerdos judiciales.

El problema es que todavía existe una tendencia cultural y judicial a considerar esas exigencias como exageraciones o intentos de obstaculizar el vínculo paterno. Según los antecedentes conocidos, en este caso la instalación de mallas había sido parte del acuerdo entre ambos progenitores. Sin embargo, el ventanal desde donde ocurrió la caída no tenía protección.

La discusión de fondo no es únicamente penal. También revela un vacío estructural del sistema de familia chileno: se presume que el solo interés de un progenitor por ejercer visitas equivale automáticamente a condiciones adecuadas de cuidado. Pero cuidar a un niño pequeño no consiste únicamente en estar presente.

Implica prever riesgos, adaptar espacios y comprender que ciertas medidas de seguridad no son opcionales. Lo más inquietante es que muchas advertencias maternas suelen ser relativizadas hasta que ocurre una tragedia. Recién entonces aquello que antes parecía una exageración pasa a considerarse sentido común.