El concepto de restauración ha dado vueltas en Occidente y sus periferias desde que el Congreso de Viena (1815) pretendió que tras las guerras napoleónicas la Europa convulsa regresara al Antiguo Régimen monárquico, como si la Revolución Francesa no hubiera tenido lugar. En la América Latina de hoy el “regeneracionismo” ínsito a las narrativas políticas decadentistas ha poblado las elecciones regionales, desde que el expresidente Bolsonaro y su añoranza por la dictadura militar, y el Presidente Milei, cuya referencia arcadiana es la etapa del liberalismo oligárquico decimonónico anterior al ciclo político inaugurado por la Unión Cívica Radical en 1915. Claramente, el arquetipo palingénesico –renacimiento nacional- se encuentra más al norte, en el reaganiano lema Make America Great Again (“Hacer grande a Estados Unidos otra vez”) o MAGA, recuperado por el Presidente Trump para bautizar su plataforma política.

Hoy, después de un período de inestabilidad y desacople político provocado por la irrupción de migraciones masivas, una cadena de estallidos sociales y, sobre todo, la pandemia, la idea de revivir “otros viejos tiempos” goza de tracción política. El domingo, sin embargo, algo pudo haber cambiado en el cultivo de la añoranza a su grandeza pasada con dos elecciones, Perú en los Andes centrales sudamericanos (y sus elites afincadas en la Costa), y la Hungría de Orban, que en Centro Europa ha cuestionado las bases liberales de la integración europea. La semana inmediatamente anterior a participar en la fracasada mesa de negociación en Islamabad, el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, visitó Budapest para arropar al Premier Viktor Orban, que en las últimas encuestas apareció 20 puntos debajo de su rival Péter Magyar, exaliado y actualmente representante de una derecha liberal que distingue entre migrantes regulares e irregulares y se declara partidaria de la Unión Europea, a diferencia de Orban, quien en sus cuatro cuatrienios consecutivos en el poder privilegió lazos con Moscú y los Estados Unidos de Trump.

El político húngaro es un pionero de la nueva derecha radical, siempre en búsqueda de un nuevo enemigo: primero los migrantes (a pesar su país es de tránsito y no destino), luego la comunidad LGBTQ y últimamente la voluntad europea de enfrentar a Moscú en la estepa ucraniana. La tarea no fue fácil para la oposición, cuyo magnetismo estribó no sólo en el alza del costo de vida por la inflación acelerada, sino en ser alternativa a un gobierno de 16 años que además de acaparar poder político –“o captura del Estado”, según Magyar-, también impulsó medios de comunicación adictos y reformas a la constitución para dificultar todo gobierno que no lograra dos tercios de los escaños del Parlamento. Durante la campaña no hubo debates televisados (Orban guarda mal recuerdo de su fallida participación en los comicios de 2002) y tampoco un programa de gobierno por parte del oficialismo, que se limitó a decir que “harán lo de siempre”.

En su lugar Orban se concentró en la gestión anticipada del resultado, preparando su contestación mediante una trama conspirativa alojada en Bruselas y la ONGs extranjeras, que funcionaría mejor antes resultados estrechos. Con cerca del 78% de porcentaje electorado ejerciendo el voto, una cifra no siquiera alcanzada en los comicios de 1990 post régimen comunista, el partido Tisza, de Magyar logró imponerse y alcanzar el 67% de los curules, con lo cual Orban no le quedó más que reconocer veredicto popular. El caso del Perú destaca la inédita multiplicación de 35 candidaturas presidenciales, lo que presagia una también alta fragmentación parlamentaria.

Esta campaña fue marcada por la denuncia de la corrupción, la inseguridad y los llamados “pactos mafiosos del congreso”. A la sempiterna pregunta de Vargas Llosa de ¿cuándo se jodíó el Perú? , respondida por quienes aspiraron al Palacio Pizarro con el antídoto punitivo y la demanda de gobernabilidad, se sumó un incidente mayúsculo: 52 mil personas no pudieron votar en áreas del Cono Sur de Lima y en mesas en Estados Unidos por falta de material electoral.

La Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) decidió que el lunes sufragaran los que no podían, mientras se continuaba con el conteo rápido, aunque con información de resultados que el resto de los electores no tuvieron. Antes, la recta final pareció un “sprint” del ciclismo profesional, con una arremetida decisiva para separarse del pelotón. El candidato signado por medios internacionales como réplica del movimiento MAGA es el candidato Rafael López Aliaga.

Éste, luego de meses de liderar los sondeos, se desplomó en marzo, y el domingo aprovechó la oportunidad de quienes no votaron para agitar la acusación de fraude, “que ni siquiera Maduro cometió en Venezuela”, según dijo. Se trata de un conservador religioso que buscó su enemigo en la izquierda progresista (llamada “caviar” en Perú) y el centrismo. Prometió la reducción del Estado, eliminando ocho ministerios, además de guiños temáticos al Presidente de Estados Unidos: militarización de la frontera y criminales enviados a la cárcel de Bukele, en El Salvador.

Asimismo, declaró que “admira a Trump por lo que está haciendo”, incluyendo el unilateralismo naval sobre El Caribe y casi al cierre de su carrera no dudó de tildar a los manifestantes contrarios de “gente de mierda” y “basura”. Quien aparecía en las encuestas a boca de urnas como segura en el balotaje era Keiko Fujimori, hija de quien presidió los destinos de Perú con puño de hierro entre 1990 y 2000. Después de contender en tres ocasiones por la presidencia, Keiko volvió sobre la cuestión de la inseguridad, aproximándola también a las nuevas narrativas políticas.

El detalle es que su herencia precedió a los Bukeles, Noboas e incluso a Trump. En la concentración del poder político mediante el voto popular el autoritarismo competitivo tiene a su padre por referencia, por lo que no tuvo que mencionar a diario a ningún político extranjero. Aquello lo confirmó al cierre de su campaña cuando explicitó “lo que piden es un Fujimori, ¡acá estoy!

”, aunque también prometió expulsar a migrantes indocumentados mediante un corredor, atraer las inversiones de origen estadounidense y sintonizar con la nueva corriente política de la región; es decir, en línea con el libreto hemisférico del Doral. Pero aún ayer no se despejaba la incógnita de la fórmula definitiva del balotaje con casi el 60% de los votos escrutados que dejaban a Keiko y López Aliaga a la cabeza, pero sufragios de la Sierra y la Selva por contar. Con opciones figuraron todavía Jorge Nieto Montesinos, exministro de Cultura y Defensa de la administración de Pedro Pablo Kuczynski, que se benefició de la dispersión del voto y el hartazgo con los partidos tradicionales mediante una serie de propuestas tecnocráticas de corte liberal; seguido por Ricardo Belmónt, un octogenario político centrista que combina dosis conservadoras, como se desprende de su oposición a las minorías sexuales y a la presencia extranjera, con la necesidad de atender urgencias sociales mediante la acción estatal, lo que le aproxima a la centro-izquierda tradicional más que al nuevo progresismo.

No se descarta que otro, como Carlos Gonsalo Álvarez, Pablo López Chau o Roberto Sánchez, logré instalarse en el balotaje desplazando a uno de los dos primeros. Sobrevuela la pregunta ¿Si la diferencia fuera en torno a los 50 mil votos, el número de electores del día después? La falta de competencia podría transformarse en sospecha de fraude sumando otra institución –la ONPE- a la falta de credibilidad política general que hay en el Perú.

Las teorías de la conspiración tendrán otro momento estelar entonces. En ese cuadro de desconfianza volverán a operar en el balotaje los viejos clivajes anti-fujimoristas y anti-izquierdas.