El Fondo Monetario Internacional le puso números, y límites, al relato económico del Gobierno de José Kast. En su declaración final tras la misión del Artículo IV para Chile, el organismo proyectó que el PIB real crecerá 2,2% en 2026 y 2,5% en 2027, en un escenario marcado por incertidumbre externa, mejores precios del cobre, alza del petróleo y condiciones financieras internacionales más duras. El dato golpea directo al corazón del discurso oficial.

La megarreforma económico-tributaria de Kast, presentada como una fórmula para reactivar la economía, atraer inversión, ordenar las cuentas fiscales y dejar atrás la «estrechez fiscal», no aparece ante el FMI como una varita mágica. Puede ayudar al crecimiento, sí. Pero no se paga sola.

Megarreforma de Kast: el FMI aterriza el entusiasmo del Gobierno El Fondo reconoce que el plan del Gobierno busca facilitar la inversión privada y el empleo mediante simplificación de trámites, reducción de costos laborales y una baja escalonada del impuesto a la renta de las empresas. También admite que, en un escenario favorable, con precios altos del cobre y reformas proinversión, Chile podría acercarse a un crecimiento de 3% entre 2027 y 2030. Pero ahí viene el portazo técnico al entusiasmo oficial.

El FMI advierte que las ganancias de crecimiento asociadas al plan podrían ser “algo optimistas” y que, aun considerando esos beneficios, Chile necesitará esfuerzos adicionales de consolidación fiscal para cumplir sus metas de déficit y deuda. Con peras y manzanas: el Gobierno apuesta a que bajar impuestos e incentivar la inversión generará más crecimiento y que ese crecimiento ayudará a financiar el costo del plan. El problema es que el FMI dice que esa apuesta puede estar inflada.

O sea, no basta con decir “vamos a crecer más” para que la plata aparezca. Megarreforma de Kast: alguien tiene que pagar la cuenta El punto más delicado está en el financiamiento. El FMI identifica entre las medidas de mayor costo fiscal el crédito tributario al empleo y la reducción gradual del impuesto a la renta de las empresas desde 27% a 23%.

Por eso llama a ponderar esas medidas frente a la necesidad de mantener espacio fiscal, sostener gasto público productivo y enfrentar presiones futuras. Luego, el organismo deja la frase clave: “La brecha fiscal adicional generada por el nuevo proyecto de ley deberá compensarse con medidas equivalentes de gasto y/o ingresos”. En otras palabras: si la reforma reduce ingresos del Estado o genera nuevos costos, esa diferencia tiene que salir de alguna parte.

Puede venir de más ingresos, de recortes de gasto o de una mezcla de ambas cosas. Lo que no existe es magia fiscal. Dicho sin rodeos: no basta con prometer crecimiento; si la megarreforma de Kast no cuadra fiscalmente, la cuenta no la pagará Kast ni el gran empresariado, sino la ciudadanía a través de recortes, ajustes o menor inversión pública.

El riesgo: menos Estado para financiar rebajas tributarias El propio FMI advierte que recortes generalizados del gasto público para compensar pérdidas de ingresos por rebajas tributarias podrían limitar el espacio para gastos que favorecen la productividad, como el cuidado infantil. Además, recuerda que en un contexto de desigualdad persistente, el descontento social sigue siendo un riesgo. Ese punto es clave.

Porque cuando se habla de “compensar” una brecha fiscal, no se trata solo de una discusión entre economistas. En la vida real, compensar puede significar menos recursos para programas sociales, menos inversión pública, menos apoyo a sectores vulnerables o nuevos ajustes que terminan sintiéndose en la calle. Ahí se cae el relato bonito de la megarreforma.

Porque una cosa es prometer crecimiento en una presentación de gobierno y otra muy distinta es explicar quién paga si ese crecimiento no llega, si los ingresos no alcanzan o si los beneficios tributarios dejan un hoyo en las cuentas públicas. El relato fiscal de Kast queda bajo presión El FMI también advirtió que, para alcanzar una posición estructural ampliamente equilibrada hacia 2030 y mantener la deuda pública bajo el 45% del PIB, Chile necesitará esfuerzos fiscales acumulados de entre 2 y 3 puntos del PIB. Sin esos esfuerzos, la deuda pública podría superar ese umbral en 2028.

Ese cálculo deja en una situación díficil a La Moneda. Porque el Gobierno intenta instalar que su reforma es la salida a la «estrechez fiscal», pero el FMI pone una advertencia bastante clara: incluso con cobre favorable, incluso con reformas y crecimiento, las cuentas no se ordenan solas. La discusión de fondo, entonces, no es si Chile necesita crecer.

Claro que necesita crecer. La pregunta es otra: crecer para quién, con qué costo y a costa de quién. Porque si la receta consiste en rebajar impuestos al mundo empresarial, prometer que la inversión hará el resto y después compensar el hoyo con recortes, el nombre técnico será consolidación fiscal.

Pero para la ciudadanía puede terminar siendo lo mismo de siempre: menos derechos, menos Estado y más ajuste.