Cuando un gobierno, un ministro o un vocero afirma algo y luego intenta corregirlo diciendo que “no quiso decir eso”, cabe preguntarse si realmente hubo un problema de comunicación o si, más bien, lo dicho dejó ver con demasiada claridad aquello que se pensaba. Porque uno dice lo que dice, no lo que después habría querido decir. Las palabras elegidas no son inocentes, expresan una voluntad, una mirada, una posición frente al mundo.

El relato político no es un tema menor ni liviano, menos cosmético. No pertenece al terreno de la decoración comunicacional. Es el centro mismo de la política, porque permite saber qué entiende una autoridad por justicia social, responsabilidad, ciudadanía, Estado, DD.

HH. , deberes, conflicto o democracia. Decir “se comunicó mal” puede ser, muchas veces, una forma elegante de no asumir el fondo del problema.

La comunicación no falla sola. Si el mensaje se quiebra, probablemente algo venía quebrado desde su origen. Una idea confusa produce palabras confusas; una intención ambigua produce frases ambiguas; una convicción torcida encuentra tarde o temprano la palabra que la delata.

Naturalmente, cualquiera puede equivocarse. Pero en lo público el margen es y debe ser distinto. Quien habla desde el poder no habla solo por sí mismo, habla desde una investidura.

Por eso la palabra pública exige precisión, responsabilidad y conciencia de sus efectos. Y si una autoridad no sabe lo que significan las palabras que usa, el problema ya no es comunicacional, es de competencia. Pero si sí lo sabe, entonces el problema es político.

Porque, al final, como siempre en este tipo de cosas, no hay mucho misterio, cuando se dice lo que se dice, lo comunicado es lo que se es.