Vivimos en una sociedad saturada de estímulos visuales, donde el uso de las pantallas en la vida cotidiana de los niños y niñas se ha masificado, mientras los hábitos de lectura muestran índices preocupantemente bajos. En este contexto suele relevarse la importancia de promover la lectura en los niños y estudiantes, resultando en un foco prioritario desde la política pública y el sistema educativo. Sin embargo, la oralidad ha quedado, por mucho tiempo, en un segundo plano.

Más aún, una vez que los niños y niñas aprenden a leer de manera autónoma, con frecuencia se deja de leerles en voz alta, perdiendo ese espacio íntimo de la narración compartida. En este sentido, una buena noticia es que el Ministerio de las Culturas en su reciente Plan Nacional de Lectura, Escritura y Oralidad (2025-2026), haya agregado por primera vez la oralidad como un eje fundamental, reconociéndola como parte esencial de nuestra identidad cultural y de nuestro patrimonio inmaterial. Narrar historias en voz alta es recrear una experiencia ancestral: la de la palabra compartida.

En la infancia esta experiencia es especialmente decisiva. Las historias fortalecen el vínculo y la complicidad emocional entre quien narra y quien escucha, genera goce literario, y resulta un modo de crear comunidad. Narrar es tejer vínculos que nos une con otros.

Las historias se heredan y se transmiten entre generaciones, se transmiten saberes, memoria colectiva, identidad y patrimonio cultural, y nos permiten sentirnos parte de algo mayor que nosotros mismos. La lectura no reemplaza la oralidad. Narrar o leer en voz alta a niños y niñas es una herramienta valiosa para fomentar la imaginación, el disfrute lector, la concentración y la comprensión auditiva.

La ausencia de imágenes exige una mayor elaboración mental, fortalece la atención, la creatividad y la memoria emocional. Por eso los relatos escuchados se asocian a recuerdos afectivos más duraderos que los visuales. En el Mes del Libro, vale la pena preguntarnos no solo qué leen los niños y niñas, sino también qué historias escuchan, quiénes se las cuentan y en qué momentos compartimos esas palabras.

Recuperar la narración oral —en la casa, en la escuela, entre generaciones— no es un gesto nostálgico: es una práctica cultural viva, necesaria y profundamente humana. Hoy en día, además, contamos con el formato de audiocuento y audioteatro en las plataformas digitales, las cuales son una herramienta que invitan a los niños y niñas a sumergirse en narraciones del mundo sonoro, en espacios cotidianos, como en los trayectos, antes de dormir, en momentos de pausa compartida. No olvidemos la importancia de mantener viva la tradición de la narración oral, con niños, jóvenes y entre adultos, es nuestro patrimonio oral.

** Las autoras de esta columna, junto con Roberto Pizarro, son los creadores del podcast Cuentacuentos SUR, que ofrece audiocuentos, poesía, teatro infantil y juegos literarios, basados en literatura infantil de América Latina y del Sur Global, disponible en YouTube, Spotify, Apple Podcasts, Music Amazon, entre otras plataformas digitales.