¿Ustedes creen que las filtraciones son solo cosa del presente? Para nada. Así como los pantallazos de Whatsapp y oficios de gobierno de hoy, antes, una carta enviada en confianza podía terminar en una de las revistas más leídas del país.
Así, al menos, le pasó a Gabriela Mistral. Hay varias versiones y mitos en torno al caso, así que vamos al archivo. En 1933, supuestamente buscando su tranquilidad, el gobierno de Chile mandó a Mistral como diplomática a España: un país que acababa de proclamar su Segunda República (o sea que ya no tenía reyes) y que avanzaba, en una tensa alternancia de gobiernos de izquierda y derecha, hacia una guerra civil.
Grato ambiente laboral… Es en ese contexto que Gabriela escribe lo que Volodia Teitelboim llama la carta dinamita. En ella, se dirige al crítico literario Armando Donoso y la escritora María Monvel, literalmente sus compadres (era madrina de la hija de la poeta). En la confianza de la amistad, una desilusionada Mistral describe una España “enferma”, marcada por el miedo, la corrupción y la miseria.
Si son palabras fuertes para una carta íntima, imaginen la reacción pública cuando aparecieron, dos años después, en la sección homenaje “Vida y confesiones de Gabriela Mistral” de la revista Familia. No es exagerado decir que la publicación desató un escándalo. Hubo ataques en la prensa —sobre todo desde sectores conservadores que defendían a España—, amenazas anónimas y, al igual que hoy en día, exigencias de renuncia.
Este punto es clave: Mistral efectivamente sería trasladada un mes después a Lisboa. ¿Cuánto tuvo que ver en ello el carta-gate y quién estuvo detrás? Ya veremos.
Volodia apunta como responsable a una “mujer alta, maciza, cegatona, de torpe andar y voz de niñita, que entonces dirigía la revista Familia, Marta Brunet”. Años después, la propia Mistral reforzaría esa versión: Brunet, como directora, habría encargado la sección al crítico de cine de la revista; este, reuniendo antecedentes, le habría pedido ayuda a Donoso, quien le envió un paquete de documentos sin siquiera revisarlo… Ahí iba el explosivo. Retomando la búsqueda de culpables, como muchas revistas de la época, Familia no explicitaba quién la dirigía.
Eso cambia recién con el escándalo, cuando tuvieron que disculparse públicamente con el embajador de España. El comunicado, firmado por Francisco Méndez, señala que un colaborador “no tuvo el tacto ni el criterio suficientes para comprender que tales declaraciones privadas eran impublicables” y “la primera medida de la empresa ha sido separar de ella” al indiscreto. ¿Era Marta Brunet ese colaborador?
Difícil, sobre todo considerando que un mes después la portada de Familia diría “Directores co-adjuntos: Francisco Méndez y Marta Brunet” y, en mayo del año siguiente “Dirige: Marta Brunet”. O sea, Brunet no solo siguió trabajando en la revista, sino que fue ascendida inaugurando, además, una época en que el nombre de todas las colaboradoras aparecería en la portada. A veces la evidencia encontrada en el archivo nos lleva a contradecir a nuestras autoras.
Algo así les pasó a Karen Benavente y Daniela Schütte: pese a que Mistral hablaba de un complot para sacarla del cargo, descubrieron que la poeta había querido irse desde el inicio y que fue ella misma quien pidió insistentemente el traslado a Lisboa. Tentadas a leerlo como un “ardid mistraliano”, ellas prefieren la cautela y atribuyen el entuerto a un “curioso descuido” de Donoso. Las admiro, pero yo soy conspiranoico.
Mi trabajo sobre Brunet muestra que ella coordinaba y escribía buena parte de la revista desde el primer número. Por eso cuesta creer que no haya visto venir lo que podía pasar con esa carta. Eso, sumado al hecho de que todo el escándalo acabaría permitiendo que su trabajo y el de todo su equipo fuera visibilizado… me hace sospechar de su intencionalidad.
¡Y es que estamos hablando de las dos grandes ajedrecistas del campo cultural chileno! Pero ojo, que esta no es la única vez que sus caminos se cruzarán en situaciones confusas. Otro día les cuento de la carta de antirrecomendación que Mistral le escribió a Brunet: porque la más grande perdonaba, pero jamás olvidaba… Entonces, ¿quién fue finalmente el responsable por la publicación de la carta dinamita?
El “colaborador” del que hablaba Méndez en su disculpa pública era el “crítico de cine” al que aludía Volodia, un tal Miguel Munizaga. En una carta enviada ya desde Lisboa, Mistral lo describe como un Tartufo criollo (que predicaba, pero no practicaba) y que le habría guardado resentimiento por haber ignorado sus solicitudes de entrevistas. ¿Lo más curioso de todo?
Era pariente del capellán que le negó la entrada a la Escuela Normal de La Serena a los 15 años por sus “versos paganos”. ¿Lo peor de todo? La explicación que le dieron a la madre de la primera mujer latinoamericana en ganar el Nobel fue que era una “persona falta de toda inteligencia”.
El ojito que tenían los Munizaga oye… Osvaldo Carvajal M.