Si se cuida la calidad del espacio público y del transporte, la reducción a 42 horas (y luego a 40) dejará de ser solo una consigna legal y se convertirá en una transformación real de la vida cotidiana. La ciudad y el trabajo, entonces, podrán colaborar entre sí para que el tiempo de vida – que es siempre limitado – se sienta más pleno, más humano y menos fragmentado.