Opinión 15-04-2026 ¿Libertad o Manipulación? El Lado Oscuro de la Autonomía Progresiva y el Fenómeno de los "Overoles Blancos" Héctor Moris Beltrán. Trabajador Social.
Mediador Familiar. Con Apoyo IA. El concepto de Autonomía Progresiva ha emergido como el eje central de los derechos de la infancia en el siglo XXI.
Sin embargo, su naturaleza es dual: mientras que técnicamente busca reconocer la capacidad evolutiva de los jóvenes, ideológicamente ha sido utilizado para redefinir las jerarquías de poder entre el Estado, la familia y el individuo. El presente artículo analiza cómo este vacío entre la madurez biológica y la libertad legal puede ser instrumentalizado en contextos de radicalización escolar —como el fenómeno de los "overoles blancos"— y cómo la propuesta biológico-filosófica de Humberto Maturana ofrece una vía de salida hacia una convivencia democrática real. La autonomía progresiva no es un concepto unívoco.
Desde lo técnico, se apoya en la neurobiología, que advierte que la corteza prefrontal —responsable del juicio crítico— no madura completamente hasta la adultez temprana. No obstante, "las facultades del niño deben ser respetadas en función de la evolución de sus capacidades" (Organización de las Naciones Unidas, 1989), lo que traslada el debate al terreno ideológico: el niño como sujeto político antes que como sujeto en formación. Cuando la autonomía se desvincula de la guía responsable, se generan espacios de vulnerabilidad.
El fenómeno de los estudiantes que adoptan conductas violentas bajo dogmas ideológicos puede explicarse a través de la Teoría de la Asociación Diferencial. Según esta perspectiva, "el comportamiento delictivo es aprendido en interacción con otras personas en un proceso de comunicación" (Sutherland, 1947). En este contexto, el "overol blanco" funciona como una técnica de neutralización.
El joven no se percibe como un delincuente, sino como un agente de justicia, porque ha aprendido de adultos o pares radicalizados a deshumanizar al sistema. Aquí, la autonomía progresiva se pervierte: no es el joven decidiendo por sí mismo, sino un joven cuya estructura cognitiva en desarrollo es secuestrada por una narrativa externa de negación del otro. Para romper este ciclo de violencia e instrucción dogmática, debemos recurrir a la Biología del Amor.
Humberto Maturana sostiene que la educación no debe ser un proceso de instrucción de datos, sino un espacio de convivencia. Para él, "el amor es la emoción que constituye las acciones de aceptar al otro como un legítimo otro en la convivencia" (Maturana, 1990). Desde esta mirada, el joven del "overol blanco" es un síntoma de una sociedad que ha dejado de "socializar" para pasar a "instruir".
La ruptura del esquema no viene del castigo, sino del cambio en el lenguajear. Si el joven habita en una red de conversaciones de guerra, su biología se acopla a la guerra. La solución radica en recuperar la legitimidad del estudiante en el aula, no como un soldado de una causa, sino como un ser humano en formación que requiere un "nicho ecológico" de respeto y mutua aceptación.
La autonomía progresiva es una herramienta indispensable para la dignidad humana, pero requiere un anclaje en la realidad neurobiológica y un entorno afectivo sólido. Sin el "andamiaje" de adultos responsables que operen desde la biología del amor, la autonomía se convierte en un abandono que permite la entrada de dogmas violentos. Romper el esquema del "overol blanco" exige que la sociedad, la familia y el Estado dejen de usar al menor como un objeto de lucha política y comiencen a verlo, en palabras de Maturana, como un legítimo otro.