El gobierno parece tener un conato de agenda. Anuncia, polemiza, avanza, retrocede. Se mueve.
Falta, empero, conducción política. En el centro del problema aparece el Segundo Piso. Todo indica un predominio de la figura de Irarrázaval: una influencia intensa que luce ser renuente al diálogo, se salta ministros, desplaza asesores (Valenzuela) y opera como especie de eminencia gris del gobierno, sin ser un Richelieu ni un Mazarino, por cierto.
A su lado, Quiroz en Hacienda -el hombre de la minuta y los recortes- parece completar el eje decisivo. El resultado es lamentable. Consta la falta de pensamiento político y campea un desembozado economicismo.
Esto, que es un problema inveterado en la derecha (aquí se puede leer más sobre el tema), hoy ha alcanzado un grado superlativo. Economicismo raso fue lo que mostraron las propuestas de recortes impulsados desde Hacienda. El único criterio era ahorrar.
Pero el problema no era sólo de números. Era político. Cuando se trata de política hay que ver por qué y dónde ahorrar, justificadamente, no porque sí, no por si resulta.
En un país cuya legitimidad institucional está gravemente erosionada, gobernar pensando eminentemente en cifras es como querer apagar un incendio mirando balances contables. Mientras, ministros desplegados en terreno -como Poduje- encuentran frenos dentro de la propia administración. Los llaman “al orden”, a ceñirse a la omnipotente hacienda.
El gobierno deviene así maquinaria contradictoria: una parte de él intenta construir apoyo político y producir legitimidad; otra parece operar convencida de que “gobernar es ahorrar”: imponer, sin más, racionalidades numéricas desde arriba. El proyecto misceláneo revela la misma tensión. Su orientación general -favorecer la inversión y destrabar barreras- podría haber abierto un espacio amplio de acuerdo.
Reformas de magnitud sólo sobreviven con apoyos políticos sólidos. No basta el oficialismo, tampoco el PDG ni la DC. Se requiere también al socialismo democrático y eso exige diálogo serio, la disposición a conversar hasta el desgaste.
Nada de eso se ha hecho. El PDG se descuelga. El proyecto ha sido cuestionado incluso por organismos técnicos.
Pero, sobre todo, su estrechez deja intacto el problema más profundo: Chile sigue atrapado en un modelo productivo en exceso simple, atrasado. Se habla de ahorro, pero poco o nada de productividad y transformación económica sustantiva. Semejante ocurre en otras áreas decisivas para el despliegue nacional.
En seguridad, a dos meses, no hay avances visibles. En educación, las señales son alarmantes. Las desafortunadas declaraciones sobre investigación y el eventual cierre del ciclo de los Liceos Bicentenario transmiten desconcierto precisamente allí donde es vital una estrategia nacional persistente: en educación, investigación y desarrollo.
Es mejor decirlo con claridad: ningún progreso serio del país es posible sin una transformación radical de la educación escolar. Chile necesita mejorar la calidad y condiciones de trabajo de los profesores. Acumulamos cohortes de estudiantes con niveles de instrucción lamentables.
El gobierno debe salir pronto del estancamiento. Se le acaba el tiempo. Desde octubre de 2019, la tarea central consiste en recuperar la legitimidad: de las instituciones públicas, de la economía, incluso de las empresas privadas.
Eso requiere una concepción integradora y poder de construir mayorías reales, no míseros acuerdos de pirquineo parlamentario. Urge un Segundo Piso menos avasallador y más político. Capaz de escuchar.
Un espacio donde economía, cultura, educación y seguridad sean puestas en perspectiva nacional y no subordinadas a una racionalidad filistea de corto plazo. El gobierno debe enmendar ahora. Si sigue siendo dominado por la estrechez de visión y la falta de pensamiento político, por los Irarrázaval y los Quiroz, por la incapacidad de persuadir y articular grandes acuerdos y reformas, acabará hundiéndose en sus lamentables embrollos.