Es un proceso relevante, porque ahí uno puede observar cómo se están pensando hoy los contenidos, con qué enfoque, con qué metodologías y con qué herramientas. Y en ese sentido, el colegio cumple un rol técnico importante. -Más allá del diagnóstico, ¿en qué etapa se encuentra hoy el Colegio de Periodistas de Iquique?

-Estamos en una etapa de consolidación y proyección. Yo asumí hace un año y este ha sido un período muy intenso. Cuando llegamos, nos encontramos con un colegio bastante estancado, con una participación muy baja, con socios activos y no activos, con deudas de cuotas, con escasa presencia pública y con una institucionalidad que necesitaba reactivarse casi desde cero.

Entonces, lo primero fue ordenar la casa. Y cuando digo ordenar la casa, hablo tanto de lo administrativo como de lo simbólico. Era necesario recuperar el sentido de pertenencia, volver a convocar, reconstruir vínculos, reactivar el consejo regional y preguntarnos qué queríamos hacer realmente como gremio en Tarapacá.

Porque un colegio profesional no puede limitarse a existir formalmente; tiene que tener vida, voz y propósito. Ese primer año ha sido precisamente eso: un año de reordenamiento, de base, de volver a poner en marcha una estructura que llevaba mucho tiempo debilitada. Pero al mismo tiempo ha sido un año para proyectar nuevas iniciativas y para demostrar que el colegio puede volver a cumplir un papel público relevante.

-Uno de los hitos de ese proceso fueron los debates parlamentarios organizados por el colegio. ¿Qué significado tuvieron para ustedes? -Tuvieron un significado enorme, porque fueron una prueba concreta de que el colegio podía pasar de la reactivación interna a la incidencia pública.

Organizar esos debates fue un desafío grande, especialmente porque los recursos eran limitados y porque era la primera vez que el colegio hacía algo de esa magnitud en la región. Realizamos dos jornadas: una con candidaturas al Senado y otra con candidaturas a la Cámara de Diputados. Se trató de un ejercicio muy importante porque no quisimos replicar el formato clásico del debate político centrado en la confrontación o en el espectáculo.

Nuestra intención era informar, no montar una pelea televisada. Por eso incorporamos a la academia. Académicos de la Universidad Santo Tomás y de la Universidad Arturo Prat participaron en la elaboración del panel principal de preguntas, en base a los temas más sensibles y relevantes para la región.

Esa decisión fue deliberada. Queríamos que la conversación estuviera anclada en Tarapacá, en sus urgencias, en sus debates reales y no en un libreto nacional estandarizado. -¿Y cree que ese formato logró marcar una diferencia frente a otros debates?

-Sí, creo que sí. Hubo una diferencia de enfoque y eso fue evidente. No queríamos darles a los candidatos una tribuna para “agarrarse de las mechas”, como se dice coloquialmente.

Queríamos ofrecerle a la ciudadanía una herramienta para informarse mejor, para conocer programas, enfoques y miradas sobre la región. Naturalmente en todo debate hay tensión y contraste, pero acá el centro no estuvo puesto en el conflicto por el conflicto, sino en el contenido. Esa fue la riqueza del formato.

Y además la respuesta fue muy buena: hubo amplia cobertura, transmisión simultánea en distintas plataformas, presencia de medios regionales y una recepción positiva del público. Para nosotros fue muy valioso constatar que incluso coincidiendo con otros hitos comunicacionales de relevancia nacional, la instancia logró convocar, llenar la sala y generar conversación. Eso demuestra que cuando se trabaja bien, con seriedad y con una mirada territorial, la audiencia responde.

-¿Qué aprendizaje dejó esa experiencia al colegio? Nos dejó varias lecciones. La primera, que sí es posible articular alianzas entre el colegio, la academia y los medios regionales.

La segunda, que el periodismo tiene un rol insustituible en la mediación pública, sobre todo en tiempos electorales. Y la tercera, que incluso con pocos recursos se pueden hacer cosas de calidad si hay convicción, colaboración y voluntad de servicio. También nos dejó la idea de que este tipo de ejercicios no pueden ser excepcionales.

La intención es que, hacia adelante, el colegio siga promoviendo instancias públicas, debates, seminarios o formatos informativos que aporten a la comunidad. Eso es parte del rol gremial también: no solo defender a los periodistas, sino demostrar que el periodismo bien hecho es un bien público. -Además de esos debates, usted ha mencionado que están impulsando nuevos proyectos institucionales.

¿Cuál es el más importante? El más importante hoy es la creación de una corporación de desarrollo e innovación del periodismo en Tarapacá. Esa idea nace de una limitación concreta: el Colegio de Periodistas, como estructura, tiene personalidad jurídica nacional radicada en Santiago.

Los consejos regionales operamos bajo esa misma personalidad jurídica, lo que en la práctica nos limita muchísimo. ¿Por qué? Porque cualquier convenio, cualquier postulación a fondos o cualquier acción formal de mayor envergadura debe pasar por el nivel central.

Eso hace más lentos los procesos y, en algunos casos, los vuelve impracticables. Entonces nos preguntamos cómo generar una herramienta que nos permitiera actuar con mayor autonomía sin romper la articulación con el colegio nacional. De ahí surge la idea de esta corporación, que sería una entidad sin fines de lucro, jurídicamente propia, pero en colaboración con el colegio.

El Colegio de Periodistas sería socio fundador, y desde ahí podríamos abrir líneas de trabajo que hoy son difíciles de ejecutar. -¿Qué les permitiría hacer esa nueva corporación que hoy no pueden hacer con facilidad? -Nos permitiría mucho.

Podríamos postular a fondos concursables regionales, firmar convenios, levantar proyectos de capacitación, desarrollar programas de formación continua, trabajar con instituciones públicas y privadas y crear iniciativas que hoy, por la estructura jurídica actual, se nos enredan demasiado. La idea es que no se trate solo de una formalidad legal, sino de una herramienta efectiva para impulsar el desarrollo del periodismo en Tarapacá. Queremos que esa corporación sirva para generar oportunidades, para levantar financiamiento, para crear instancias de formación y también para responder mejor a las necesidades concretas del gremio.

En otras palabras, buscamos dejar de depender exclusivamente de la buena voluntad o del esfuerzo voluntarista de unos pocos, y empezar a construir una base más sólida para hacer cosas con continuidad. -Dentro de esas ideas, usted ha mencionado un fondo solidario de apoyo al periodismo regional. ¿De qué se trata exactamente?

Es una idea que todavía está en desarrollo, pero que consideramos muy importante. Parte de una realidad evidente: el periodismo es una profesión profundamente inestable. Eso se ve en el sector público, en el privado y con mucha más crudeza en el trabajo freelance.

Hay desvinculaciones, contratos frágiles, boletas, honorarios, informalidad y mucha exposición a cambios bruscos. Entonces pensamos en la posibilidad de crear un fondo solidario, alimentado por pequeños aportes mensuales de los socios y también por recursos que la futura corporación pueda generar a través de capacitaciones, convenios o proyectos. Ese fondo no sería un seguro de cesantía, pero sí una herramienta de apoyo para periodistas que atraviesen momentos complejos.

La lógica es sencilla: si un profesional se queda sin trabajo o enfrenta una urgencia grave, pueda acceder a una ayuda mínima que le permita sostenerse mientras busca una salida. A veces un respaldo pequeño puede hacer una gran diferencia. No resuelve estructuralmente el problema, pero sí puede amortiguar el golpe.

-¿Esa propuesta nace de la precariedad que viven hoy muchos periodistas en la región? Absolutamente. Y no solo en la región, sino en el país.

Pero en regiones esa precariedad suele sentirse con más fuerza. En el sector público, por ejemplo, cada vez que cambia un gobierno se instala de inmediato la incertidumbre sobre los equipos de comunicaciones. Muchas veces los periodistas son los primeros en ser removidos, bajo la lógica de los cargos de confianza o de la necesidad de que la nueva autoridad llegue con su propio círculo.

Uno entiende que hay espacios de confianza política, pero lo que no puede naturalizarse es que eso termine convirtiéndose en una práctica automática, indiscriminada y sin consideración por la trayectoria, el trabajo realizado o el impacto humano de esas decisiones. Detrás de cada profesional hay una familia, una vida, obligaciones. Y muchas veces denunciar vulneraciones laborales implica exponerse a represalias.

Desde el colegio siempre hemos tratado de instalar esta conversación con las autoridades regionales, con la Delegación Presidencial y con el Gobierno Regional, porque es un problema permanente. No es de este gobierno ni del anterior solamente. Es una lógica que se repite y que ha dejado a muchos periodistas en situaciones muy difíciles.

-¿El colegio trabaja solo por sus asociados o también por quienes no están colegiados? Nuestra vocación es gremial, y eso implica mirar más allá de la nómina formal de colegiados. Evidentemente nos gustaría que más periodistas se sumaran, porque un gremio fuerte necesita participación y base social.

Pero eso no significa que vayamos a mirar hacia el lado cuando un periodista no colegiado enfrenta una vulneración. De hecho, yo misma he sostenido que, al menos bajo esta directiva, vamos a defender a periodistas colegiados y no colegiados cuando corresponda. Porque aquí lo que está en juego no es solo una membresía, sino el respeto por la profesión y por quienes la ejercen.

Ahora bien, también es cierto que necesitamos que más colegas se acerquen. La cuota mensual del colegio es muy baja y el aporte más importante no es económico, sino de participación. Se necesitan manos, tiempo, ideas y voluntad.

Los gremios no existen por inercia; existen porque hay personas que los sostienen. -Ha mencionado incluso casos concretos que les han obligado a intervenir. ¿Qué tan frecuente es eso?

Más de lo que uno quisiera. A veces aparecen situaciones en instituciones públicas o privadas donde se vulnera el espacio profesional del periodista, se imponen funciones a personas que no están formalmente contratadas para aquello o se generan dobles vocerías y áreas grises que terminan perjudicando a quienes sí están haciendo el trabajo. Cuando eso ocurre, muchas veces el profesional afectado no denuncia por miedo.

Miedo a perder su empleo, a ser marginado, a quedar marcado. Y ese temor es comprensible. Por eso el rol del colegio es, en parte, prestar una voz cuando la persona no puede hablar sola.

Nosotros no buscamos politizar estos conflictos. No se trata de derechas o izquierdas, ni de quién gobierna. Se trata de defender derechos laborales y estándares profesionales.

Si un periodista está siendo desplazado, vulnerado o invisibilizado en su trabajo, el colegio tiene la obligación de al menos observar, intervenir y, si corresponde, denunciar públicamente. -Usted ha dicho que incluso ejercer la dirigencia gremial implica riesgos personales. ¿Por qué?

Porque nosotros no tenemos fueros ni protecciones especiales, como sí los tienen, por ejemplo, algunas dirigencias sindicales o asociaciones de funcionarios. Quienes presidimos consejos regionales del Colegio de Periodistas lo hacemos por convicción, no porque tengamos horas gremiales, blindaje laboral o un paraguas institucional que nos cubra. Eso significa que cuando uno sale a defender a colegas o a denunciar situaciones complejas, lo hace exponiéndose.

Y eso no es menor. Es tirarse a los leones, muchas veces. Pero también es parte del deber ético de asumir una representación.

Si uno acepta dirigir un gremio, no puede hacerlo desde la comodidad ni desde el silencio. Por eso digo que esta no es una labor para cualquiera. Requiere convicción, coraje y disposición a incomodar.

Y yo, al menos, en esta presidencia, estoy dispuesta a asumir ese costo. Otro de los grandes debates actuales es la irrupción de la inteligencia artificial. ¿Cómo mira usted ese proceso desde el periodismo?

Yo lo miro, en lo personal, más como una oportunidad que como una amenaza. Sé que hay posturas distintas y las respeto, pero mi impresión es que la inteligencia artificial no reemplaza el pensamiento periodístico. La IA no funciona sola.

Siempre requiere una cabeza que dirija, que pregunte, que oriente, que dude, que contraste y que tome decisiones. Yo misma uso inteligencia artificial, y no tengo problema en decirlo. Pero la uso como una herramienta, no como un sustituto.

Sirve para ordenar ideas, para acelerar procesos, para destrabar un comienzo, para explorar enfoques. Pero el criterio sigue estando en la persona que la usa. Y en periodismo, el criterio lo es todo.

Ahora bien, también hay un punto delicado: la transparencia. Si la inteligencia artificial interviene en procesos creativos, visuales o narrativos, eso tiene que declararse cuando corresponde. Porque si altera la percepción de un hecho o la presentación de una imagen, entonces ya no estamos hablando solo de apoyo técnico, sino de una modificación que puede incidir en la lectura pública.

-¿Le preocupa especialmente el uso de IA en contenidos visuales? Sí, me parece una dimensión muy sensible. Hoy ya vemos casos en que una imagen es intervenida de tal manera que cambia completamente su connotación.

Una ampliación generativa, una alteración de profundidad, una manipulación no declarada puede transformar una escena ordinaria en una imagen épica, impactante o engañosa. Y eso, en un contexto informativo, es problemático. Por eso creo que el uso de la IA puede ser válido, pero siempre con transparencia.

Si una fotografía fue intervenida, eso debe decirse. Si un contenido utilizó IA en parte de su producción, también debiera transparentarse. Lo importante es que el público no sea inducido a error.

En el ámbito más creativo o de apoyo a la escritura, creo que puede ser una muy buena herramienta. Ayuda con tiempos, ordena procesos, permite avanzar más rápido. Pero jamás debería convertirse en una coartada para dejar de pensar o para renunciar a la verificación.

-Hay quienes sostienen que la IA puede empobrecer la creatividad o fomentar el plagio. ¿Comparte ese temor? No del todo.

Creo que ese riesgo existe solo si la herramienta se usa mal. Lo mismo se dijo alguna vez de internet, de Word o de cualquier avance tecnológico. El problema no está en la herramienta, sino en la educación que exista para usarla.

De hecho, yo estoy convencida de que esto debiera enseñarse desde temprano. A los niños y jóvenes hay que enseñarles a utilizar la IA como herramienta de apoyo, no como atajo fraudulento. Si se hace bien, puede ser muy útil.

Si se hace mal, por supuesto que puede derivar en copia, en dependencia o en un vaciamiento del proceso creativo. En periodismo la clave está en entender que ninguna herramienta reemplaza el criterio, la calle, la fuente, la reportería y la responsabilidad de firmar un contenido. La IA puede ayudar, pero no reportea por ti, no asume la ética por ti y no responde por las consecuencias de lo que publicas.

-En paralelo al debate sobre la IA, sigue vigente la discusión sobre sensacionalismo, fake news y morbo. ¿Cómo aborda ese problema desde el gremio? Es un tema complejo porque no siempre existe una sola postura, ni siquiera dentro del propio colegio.

Pero sí creo que hay una base común: la ética. Yo siempre vuelvo a eso. Uno puede ser periodista, médico, profesor o cualquier otra cosa, pero si no tiene ética, su trabajo inevitablemente se vuelve cuestionable.

En periodismo eso se vuelve aún más delicado, porque trabajamos con la vida pública, con personas, con reputaciones, con dolor, con tragedias y con conflictos. El sensacionalismo, cuando se ejerce sin límites, convierte el sufrimiento en mercancía. Y eso es muy grave.

Ahora bien, también creo que incluso en áreas que a mí personalmente no me gustan, como ciertos formatos más ligados a la farándula o al periodismo rosa, uno puede distinguir matices. Hay quienes hacen esos contenidos con ciertos resguardos y otros que simplemente irrumpen, invaden, atropellan e instrumentalizan a las personas. Entonces, más que discutir etiquetas, yo diría que el verdadero límite sigue siendo el mismo: la ética.

-¿El desafío entonces no es solo combatir noticias falsas, sino también elevar el estándar del tratamiento informativo? Exactamente. Porque una noticia falsa vende, impacta y se viraliza más rápido que una noticia verificada.

Eso es una realidad. El morbo suele generar más clics que la información seria. Pero si el periodismo se rinde ante esa lógica, deja de cumplir su función pública.

Por eso el desafío no es solo desmentir fake news o reaccionar ante casos escandalosos. El desafío mayor es construir una cultura informativa donde el estándar profesional vuelva a tener valor. Donde el público reconozca la diferencia entre una publicación impulsiva y un contenido trabajado con responsabilidad.

Ahí hay una tarea de los medios, de los periodistas, de los gremios, de la academia y también de las audiencias. Porque si como sociedad dejamos de exigir calidad, entonces la degradación del ecosistema informativo se vuelve mucho más rápida. -¿Qué mensaje le gustaría dejar hoy a los periodistas de la región de Tarapacá?

Primero, un mensaje de convocatoria. Necesitamos que los periodistas de la región se acerquen, participen, vuelvan a creer en la organización gremial. Hoy tenemos un padrón importante, pero no todos están activos.

Y eso es algo que queremos revertir. Queremos reactivar al colegio no solo en lo administrativo, sino también en lo humano, en lo colectivo, en el sentido de comunidad. Vamos a impulsar actividades, encuentros, espacios de conversación y trabajo conjunto, porque no basta con pagar una cuota; necesitamos participación real.

Para hacer cosas se necesitan manos. Los proyectos no salen adelante por decreto ni por entusiasmo individual. Salen adelante cuando un grupo de colegas decide comprometerse.

Y segundo, un mensaje de convicción: dedicar tiempo a la profesión, a debatirla, a defenderla y a mejorarla siempre será una inversión en nosotros mismos. Sé que todos tenemos trabajos, familias, urgencias y múltiples labores. Pero si no reservamos un espacio para pensar nuestro oficio, otros lo harán por nosotros, y probablemente no desde la mirada que el periodismo regional necesita.

-Finalmente, ¿cómo imagina el futuro del Colegio de Periodistas de Iquique y del periodismo regional? Lo imagino más activo, más presente y más articulado. Me gustaría ver un colegio que no solo reaccione ante conflictos, sino que también proponga, capacite, organice y convoque.

Un colegio capaz de incidir en debates públicos, de abrir espacios en medios, de trabajar con universidades, de generar proyectos y de sostener a sus colegas cuando más lo necesitan. Y respecto del periodismo regional, me gustaría verlo menos resignado. Tarapacá tiene talento, tiene profesionales valiosos y tiene una identidad territorial muy potente.

Lo que falta muchas veces es estructura, apoyo, continuidad y decisión colectiva. Pero eso se puede construir. Yo no veo este momento como uno de derrota.

Veo dificultades, sí, pero también veo una oportunidad. Una oportunidad para discutir de frente lo que está fallando, para corregir malas prácticas, para defender a quienes ejercen el oficio con seriedad y para volver a poner al periodismo en el lugar que merece: como una profesión esencial para la vida democrática y para la identidad de una región.