La escritora y editora chilena María Eugenia Lorenzini Pizarro presenta El crimen de Ema, un intenso thriller psicológico publicado por Editorial Forja que explora los límites de la culpa, la memoria y la identidad. La novela comienza con una escena inquietante: Ema despierta frente al cuerpo de su marido, con las manos ensangrentadas y sin recordar con claridad qué ocurrió. A partir de ese momento se inicia una huida desesperada, marcada por el miedo, la violencia y una pregunta que atraviesa toda la historia: ¿hasta dónde es posible escapar de uno mismo?

Con una sólida trayectoria en la narrativa chilena contemporánea, Lorenzini es autora de Después de ayer, Sewell: luces, sombras y abandono, Escucha, corazón y El silencio de Irene, consolidando una obra centrada en personajes complejos y en conflictos humanos atravesados por la memoria, las heridas emocionales y las contradicciones internas. En esta entrevista, la autora profundiza en la construcción de Ema y en cómo la violencia física, psicológica y cotidiana, transforma por completo la vida de una persona. También reflexiona sobre el papel de la ficción en relación a la violencia y sobre los prejuicios que recaen en las mujeres vinculadas a un crimen.

Además, Lorenzini aborda la delicada situación que enfrenta hoy el mundo cultural en Chile. La escritora advierte que la disminución de fondos y apoyos a la cultura no solo afecta a autores y editoriales, sino que “empobrece el tejido emocional y simbólico de un país”, debilitando espacios fundamentales para la reflexión, la memoria y el pensamiento crítico. – El crimen de Ema comienza con una escena muy potente: una mujer frente al cuerpo de su marido sin recordar qué ocurrió.

¿Cómo surgió esta imagen inicial y qué querías explorar a partir de ella? – Esa imagen surgió producto del impacto que me produce la violencia física y psicológica que enfrentan muchas mujeres y cómo esta puede marcarles la vida y transformar completamente su identidad. Más que el crimen en sí, lo que quería explorar era la experiencia interior de alguien que siente que su existencia se ha trastocado por completo.

Ema comienza una huida que es física, pero también profundamente emocional y existencial. Hay imágenes que uno guarda en la memoria y que, de algún modo, permanecen trabajando calladamente durante años. Cuando era niña, hubo una mujer que me cuidaba en mi casa mientras mi mamá iba a trabajar.

Todas las tardes, al anochecer, se sentaba en silencio frente a la ventana y lloraba; nunca me dijo por qué. Mucho tiempo después supe que había acuchillado a su marido en defensa propia y que jamás logró superar lo ocurrido. Creo que esa imagen quedó profundamente instalada en mí.

Con el tiempo entendí que detrás de ciertos silencios existen dolores imposibles de nombrar, y probablemente algo de esa experiencia terminó filtrándose en la construcción de Ema y en su manera de habitar la culpa y la memoria. – En la novela, la memoria de Ema aparece incompleta: hay elementos que no puede negar, pero otros permanecen en una zona oscura. Esa falla no solo construye el suspenso, sino también una experiencia íntima de la culpa.

En ese cruce, ¿te interesaba más la tensión del thriller o la dimensión psicológica del personaje? – Creo que ambas dimensiones se fueron alimentando mutuamente. El suspenso surge de esa fragilidad de la memoria, de no saber bien qué ocurrió, pero también de la imposibilidad de confiar plenamente en uno mismo.

Me interesaba que el lector viviera esa incertidumbre junto a Ema. En el fondo, la novela utiliza las herramientas del thriller para entrar en zonas mucho más íntimas: la culpa, la identidad, el miedo a descubrir quiénes somos cuando desaparecen las certezas. A veces la mente construye mecanismos para sobrevivir, y Ema habita precisamente ese territorio ambiguo y doloroso.

– En el libro, la violencia no es solo un hecho puntual, sino algo que atraviesa la experiencia de la protagonista. ¿Cómo trabajaste la representación de la violencia? – Me interesaba abordar la violencia desde sus formas más visibles, pero también desde aquellas más silenciosas y cotidianas.

Muchas veces la violencia no aparece como un gran estallido, sino como algo que se va instalando lentamente en las relaciones, en los afectos, en las palabras, incluso en la forma en que una persona aprende a mirarse a sí misma. Por eso quise trabajarla desde una dimensión lo más humana posible y evitando convertirla en espectáculo. La violencia en El crimen de Ema deja marcas profundas, transforma a la protagonista y altera por completo su vida.

– En Chile y en América Latina, la violencia contra las mujeres sigue siendo una problemática urgente. ¿Qué puede aportar la ficción a esta conversación que quizás no logran otros discursos? – La ficción tal vez no nos permite conocer un dato o una cifra, pero nos permite vivir y sentir la violencia.

Nos acerca a experiencias que por más que las veamos en las noticias o en la televisión, no alcanzamos a dimensionar del todo. Una novela no reemplaza el debate social ni político, pero puede generar preguntas más profundas que nos hagan reaccionar de manera distinta. Me interesa especialmente mostrar que detrás de ciertas decisiones extremas existen historias dramáticas y heridas acumuladas.

La ficción puede ayudarnos a mirar de otro modo. – ¿Te interesaba también cuestionar los juicios inmediatos que recaen sobre una mujer cuando es vinculada a un crimen? – Sí, absolutamente.

Vivimos en una sociedad donde muchas veces necesitamos clasificar a las personas como víctimas o victimarios, inocentes o culpables, sin aceptar las zonas ambiguas. En el caso de una mujer, esos juicios suelen estar todavía más cargados de expectativas y prejuicios. Me interesaba tensionar esa mirada.

Ema es un personaje contradictorio, vulnerable y, al mismo tiempo, capaz de actos muy extremos. Creo que la literatura se vuelve más interesante cuando se atreve a entrar en esos espacios incómodos donde las categorías simples dejan de funcionar. – Tu novela aparece en un contexto donde el debate sobre cultura y financiamiento artístico es cada vez más visible.

¿Cómo ves hoy el lugar de la literatura en la sociedad chilena? – Me preocupa profundamente que, en un contexto donde la sociedad necesita más espacios de reflexión, sensibilidad y pensamiento crítico, la cultura se vea como algo prescindible. Los recortes y la disminución de fondos destinados al ámbito cultural no afectan solo a escritores, artistas o editoriales: terminan empobreciendo el tejido emocional y simbólico de un país.

La literatura, el cine, el teatro o la música no son adornos; son formas de comprendernos, de cuestionarnos y también de imaginar otras posibilidades de vida. Cuando una sociedad debilita su cultura, de algún modo también debilita su memoria y su capacidad de mirar al otro con mayor humanidad. En el caso específico de la literatura, ya la situación del libro, de las editoriales independientes y de los autores nacionales era difícil, debido al escaso número de librerías, a la concentración en Santiago, a los problemas de distribución por razones geográficas, a la casi nula posibilidad de competir con publicaciones de editoriales transnacionales y al IVA, y si ahora se deja sin protección la propiedad intelectual y se disminuyen los fondos del Estado, la situación se tornará insostenible.

– ¿Cómo ha evolucionado tu forma de abordar personajes femeninos desde tus primeras novelas hasta hoy? – Creo que con los años he ido evolucionando y también mis personajes, sobre todo los femeninos. Hoy trato de desarrollarlos con mayor profundidad y menos certezas.

En mis primeras novelas, de alguna manera el tema de la dictadura y de lo vivido por toda una generación estaba siempre presente dentro de la obra; ahora me interesa mucho explorar las contradicciones internas, las zonas frágiles y oscuras de los protagonistas. Las mujeres son probablemente más complejas y menos explicables, incluso para ellas mismas. Ema, por ejemplo, es alguien que intenta escapar constantemente de sí misma, y creo que esa batalla interior es algo muy contemporáneo.