Priorizar adecuadamente no es recortar donde baja un indicador. Priorizar con enfoque de derechos básicos es comprender que menos nacimientos no equivalen a menos necesidad de salud sexual y reproductiva. Un país con baja fecundidad puede necesitar menos camas obstétricas en algunos lugares, pero más atención preconcepcional, más salud mental perinatal, más apoyo al puerperio, más acceso a anticoncepción, más educación sexual, más prevención de violencia, más continuidad del cuidado y mejores condiciones para que los equipos trabajen sin depender de heroicidades individuales.
Ese es el debate que falta. Chile puede y debe revisar su red, sus recursos y sus programas. Pero no puede hacerlo desde una mirada estrecha que reduzca la matronería a la sala de partos ni el parto respetado a una campaña de buen trato.
La eficiencia, cuando se toma en serio, no consiste en disminuir presencia estatal donde bajan los números. Consiste en usar mejor las capacidades públicas para garantizar derechos, reducir desigualdades y cuidar con calidad. En un país que nacen menos, la respuesta no debería ser cuidar menos ni valorar menos a quienes cuidan.
Debería ser cuidar mejor. Y cuidar mejor implica reconocer que la matronería no es una profesión del pasado ni una función dependiente del número de partos, sino una capacidad estratégica para acompañar la vida sexual, reproductiva, materna y neonatal de las personas a lo largo del curso de vida. Si mayo tiene algún sentido más allá de la conmemoración, debería ser este: recordar que el nacimiento no puede depender de una planilla, que el respeto no puede depender de la suerte y que una sociedad se mide no solo por cuántas personas nacen, sino por cómo acompaña las decisiones, los cuerpos y los cuidados que hacen posible la vida.