Gobernar también implica hacerse responsable del lenguaje utilizado. Porque en democracia, las palabras presidenciales nunca son inocuas. Y cuando después de cada polémica se intenta corregir el sentido original mediante explicaciones posteriores, aclaraciones técnicas o reinterpretaciones semánticas, lo que termina deteriorándose no es sólo la comunicación: es la credibilidad.